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LOS

MISTERIOS DE PARÍS

CUARTA Y ULTIMA PARTE

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University of Illinois Urbana-Champaign

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LOS

MISTERIOS

DE PARÍS

POR M. EUGENIO SUE

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TRADUCCIÓN POR DON A. X SAN MARTIN

UF LA ULTIMA EDICIÓN CORnFGIDA V REFORMADA POI\ EL AUTOU

CUARTA Y ULTIMA PARTE.

PARÍS

TIPOGRAFÍA DE LACRAMPE Y COMPAÑÍA

II U E D A M I E TTE, 2

1845

$45S3*t

CAPITULO PRIMERO.

P1CAV1NAGRE.

El preso que estaba al lado de Barbillon era un hombre de unos cua- renta años, delgado, raquítico, y de fisonomía inteligente, jovial y mo- fadora; tenia una boca enorme casi enteramente desdentada, y cuando hablaba, la movia á derecha é izquierda, según la costumbre bastante general de las personas habituadas á hablar á la muchedumbre en las esquinas y encrucijadas; tenia la nariz roma, la cabeza desmesurada- mente grande y casi del todo calva; llevaba un chaleco de punto gris y un pantalón de color imperceptible, roto y remendado por mil partes, y unas almadreñas en los pies, que estaban encarnados con el frió y me- dio cubiertos con trapos sucios y viejos.

Este hombre llamado Fortun Gobert, alias Picavinagre, antiguo esca- motador ó jugador de manos, presidiario que habia cumplido su con- dena por el crimen de fabricación de moneda falsa, se hallaba acusado de haberse sustraído de la vigilancia de la policía y de haber cometido robo nocturno con fractura y escalamiento. Aunque hacia pocos dias que estaba en la Fuerza, desempeñaba ya con satifaccion general de sus com- pañeros el empleo de narrador ó contador de cuentos.

Hoy dia son muy raros los contadores; pero en otro tiempo cada cuarto tenia ordinariamente el suyo de oficio, que con sus improvisaciones ha-

IV. ]

483792

u2 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

cia parecer menos largas é interminables las noches de invierno á los presos que se acostaban al anochecer.

Aunque es bastante curioso el ver la necesidad que sienten estos mi- serables de (icciones y cuentos que esciten su atención y sus pasiones , hay sin embargo otra circunstancia mas notable para los hombres pen- sadores : esta gente corrompida hasta las entrañas, estos ladrones y ase- sinos prefieren especialmente narraciones que contengan sentimientos generosos y heroicos, y cuentos en que la inocencia, la bondad y el desamparo resulten vengados de una opresión injusta y feroz.

Lo mismo sucede con las jóvenes prostituidas, que prefieren decidida- mente la lectura de las novelas tiernas, sencillas y elegiacas, y casi siem- pre repugnan las leyendas obscenas. El instinto natural del bien unido á la necesidad de alejar de su pensamiento lodo lo que les recuerda la degradación en que viven ¿no será por ventura la causa de que estas desgraciadas sientan la simpatía y la repulsión intelectual de que aca- bamos de hablar?

Picavinagre se distinguía en este género de cuentos históricos en que la debilidad y el infortunio triunfan por último de sus perseguidores. Poseía ademas un fondo estraordinario de ironía, y un caudal inagotable de réplicas sardónicas y agudas, que le habían granjeado el sobrenombre que tenia.

Acababa de entrar en el locutorio. Al otro lado de la reja estaba en- frente de él una mujer de unos treinta y cinco años de edad, de rostro pálido é interesante y pobremente vestida, aunque con aseo : lloraba amargamente y tenia los ojos cubiertos con un pañuelo.

Picavinagre la miraba con una especie de afectuosa impaciencia.

No seas niña, Juana la dijo hace diez y seis años que no nos vemos, y si no te quitas el pañuelo de los ojos, no habrá medio de co- nocerte.

¡ Ay! Fortun... hermano mió!... me ahogo... no puedo hablar...

¡Vaya una boba!... ¿qué tienes?

Su hermana, pues esta mujer era hermana del preso, reprimió los so- llozos, enjugó las lágrimas, y mirándolo con estupor, le dijo :

¿Qué tengo?... ¡y te vuelvo á ver en la cárcel, después de haber estado quince años preso !...

Es verdad : hoy hace justamente seis meses que he salido de la cen- tral de Melun, y en todo este tiempo no he podido verte en Paris... por- que me estaba prohibido volver á la capital...

¡Otra vez preso! ¿qué es lo que has hecho, Dios mió? ¿Porqué saliste de Beaugency en donde estabas bajo la vigilancia de la policía?

¿Porqué?... mejor seria que preguntases por qué he ido allá...

Tienes razón.

En primer lugar, querida Juana, ya que tenemos de por medio esta reja, figúrate que te he abrazado y apretado entre mis brazos, como es

PICAV1NAGRE. 5

uso y costumbre cuando se ve á una hermana después de una eterni- dad... vamos hablando ahora : Un preso de Melun, llamado el Cojo Gor- do, me habia dicho que habia en Beaugency un antiguo galeote conocido suyo que empleaba presidiarios cumplidos en la fabricación del albayal- de... ¿Sabes lo que es fabricar albayalde?

No, no lo sé.

Es un buen oficio, por cierto; á los que lo hacen les da al cabo de uno ó dos meses el cólico de plomo... y de cada tres enfermos se muere uno sin remedio. Pero debemos hacer justicia a la enfermedad : los otros dos lo pasan algo mejor, porque aunque al fin y al cabo se los lleva tam- bién la trampa, tienen mas tiempo para pensarlo... y no se despiden del mundo hasta pasar un año ó año y medio á mas tardar... Por otro lado, el oficio no se paga tan mal como otros, y hay personas que resis- ten dos ó tres años... pero estos vienen á ser como si dijéramos los al- bayalderos centuagenarios* El oficio no hay duda que mata, pero á lo me- nos no es pesado.

¿Y porqué escojiste un oficio tan malo, Fortun?

¿Y qué querrías que hiciese? Cuando fui al presidio de Melun por el negocio de moneda falsa, tenia el oficio de escamotador; y como en prisión no habia modo de ejercitar mi profesión, y como ademas no tengo mas fuerza que una pulga, me pusieron á fabricar juguetes para niños, pues un fabricante de París sacaba mas ganancia encargando á los presos sus muñecas de cartón, sus trompetas y sus sables de ídem... ¡Cuántos sables de palo he cortado, y pulido y afilado por espacio de quince años! estoy seguro de que surtí yo solo á los chiquillos de todo un barrio de París... pero las trompetas era lo que mas se me daba en la mano. ¿Y las matracas? ¡caramba! puedo alabarme que con dos so- lamente habia lo bastante para aturdir á un regimiento... Cumplida mi condena, me hallé según esto convertido en un maestro hecho y derecho en trompetas y matracas de á dos sueldos. Diéronme á escojer por resi- dencia tres villorrios á cuarenta leguas de Paris ; y como no contaba con mas recurso que mi arte de hacer juguetes para chiquillos, aun admi- tiendo que todos los habitantes del pueblo, desde los ciegos hasta los re- cién nacidos , tuviesen una afición furiosa á tocar el turluturú con mis trompetas, apenas podría cubrir las primeras necesidades; y claro está que no habia de introducir en toda una aldea el gusto de trompetear desde por la mañana hasta la noche... lo que me hubiera hecho pasar por un intrigante...

Dios mió... nunca hablas sino de chanza...

Mas vale así que llorar. Finalmente, viendo que á cuarenta leguas de Paris no sacada mas provecho de mi arte de escamotador que de mis trompetas, pedí que se me trasladase á Beaugency para dedicarme al ofi- cio de albayaldero. Ello es verdad que lo que primero se gana en la tal pastelería son indigestiones de miserere; pero en resumidas cuentas se

4 LOS MISTERIOS DE PARÍS,

vive hasta que se muere, y lo misino se me da por ese oiieio que por el de ladrón. Para robar no tengo ni fuerza ni valor, y solo por casualidad he cometido la cosa de que te hablé hace un instante.

Aunque fueses valiente y fuerte, no te llevaria el diablo por ese camino.

¿Te parece que no?... ¿de veras?

Sí; porque ya que no tienes mal fondo, y que te metieron en el negocio de la moneda falsa contra tu gusto y casi por fuerza.

Es verdad, Juana; pero mira, al cabo de quince años de cárcel, se vuelve uno mas negro que esta pipa que tengo en la boca, aun cuando entre uno mas blanco que una pipa nueva; por donde puedes conocer que al salir de Melun me hallaba con menos valor que nunca para me- terme á ladrón.

¡ Y tenias valor para tomar un oficio mortal ! Mira, Fortun, te digo que quieres pasar por mas ruin de lo que eres.

Escucha... á pesar de ser tan endeble, se me habia metido en la cabeza, y el diablo me lleve si por qué, que le baria la higa al cólico de miserere, y que no teniendo la enfermedad en que meter el diente, se iría con la música á otra parte ; en una palabra, se me figuró que llega- ría á viejo en el oficio de albayaldero . . . Luego que salí de la prisión em- pecé á gastar alegremente el dinero que me dieron por mi trabajo, y el que habia ganado contando cuentos por la noche á los compañeros de cuarto.

Como nos los contabas en otro tiempo, Fortun; ¿te acuerdas? ¡Cuánto divertias á mi madre!...

¡ Ah! buena mujer, por cierto... ¿No sospechó alguna vez antes de morir que yo estaba en Melun?

Nunca... se fué al otro mundo en la creencia de que te habías ido á las islas...

¡Qué quieres, Juana! la culpa de mis tonterías la tuvo mi padre, que ine crió para payaso para ayudarlo en los juegos dómanos, comer estopa y echar fuego por la boca; lo que no me dejaba tiempo libre para al- ternar con los hijos de los pares de Francia, y por eso tuve que contraer malas amistades. Pero volviendo á Beaugency, sucedió como llevo dicho que al punto que salí del encierro empecé á gastar los ahorros sin ton ni son. Después de quince años de jaula no viene mal tomar el aire puro y alegrar el corazón, y tanto mas porque á pesar de que no soy muy goloso, el albayald-e podría causarme una indigestión mortal... y entonces de poco me serviría el dinero de la prisión. Finalmente, llegué á Beaugency sin un triste sueldo, y pregunté por Velludo, el amigo del Cojo Gordo y dueño de la fábrica... Pero Dios guarde á usted muchos años; no habia fábrica ni cosa que lo valga... el dueño la habia cer- rado, porque se habían muerto once personas dentro del año. Y héte- me aquí en medio del lugar sin tener que llevar á la boca mas que mi

PICAVINAGRE. o

lalento para hacer trompetas de palo, y sin mas recomendación que el certificado de presidiario cumplido. Busqué donde trabajar, y como no tengo fuerzas, ya puedes discurrir como seria recibido : ladrón por aquí, galeote por allá, prófugo, sacamantas, ¡ qué yo ! y á todo esto, cuando pasaba por alguna parte, cada cual metia las manos en las faltrique- ras; de modo que no tenia mas remedio que morirme de hambre en semejante agujero, de donde no podria salir en cinco años. Así es que me determiné á romper el confinamiento y venir á Paris para utilizar aquí mi habilidad, y como no tenia con qué pagar un coche de cuatro caballos, vine en el coche de san Francisco, mendigando todo el camino y huyendo de los gendarmes como un perro escaldado del agua caliente. Fui llegando hasta Anteuil sin inconveniente, pero muy cansado, con una hambre de todos los diablos y vestido como ves... sin lujo que di- gamos...— Y Picavinagre dio al decir esto una mirada socarrona á sus andrajos. No tenia un triste sueldo, y á cada momento me esponia á que me echasen la mano por vagamundo... Por fin se presento la oca- sión, el diablo me tentó y á pesar de mi poco espíritu...

Calla, calla, Fortun dijo su hermana, temiendo que el celador, á pesar de la distancia á que se hallaba, oyese tan peligrosa confesión.

¿ Tienes miedo de que me oigan ? repuso Picavinagre pues no lo tengas; nada se me da, porque fui cojido en el acto. Todo lo confesé en vista de que no podia negar... ya lo que me espera...

¡Dios mió! ¡Dios mió! repuso llorando la pobre mujer con qué sangre fria lo dices...

Y aunque lo dijera con sangre caliente, ¿qué bien me vendría? Va- mos, Juana, no seas boba... ¿si tendré también que consolarte? Juana enjugó las lágrimas y dio un suspiro.

Volviendo pues á mi cuento continuó Picavinagre llegué á An- teuil, como iba diciendo, á la caida del sol ; ya no podia mas con el alma, y como no queria entrar en Paris hasta que fuese de noche, me senté de- tras de una cerca para descansar y arreglar mi plan de campaña. A fuerza de discurrir me fui quedando dormido, hasta que me despertó una voz. La noche se habia cerrado enteramente; púseme á escuchar, y que un hombre y una mujer hablaban en el camino al otro lado de la cerca , y que el hombre decia á la mujer : ¿Quién quieres que venga á robar- nos? ¿no hemos dejado cien veces la casa sola? Eso sí, repuso la mu- jer; pero nunca teníamos en la cómoda mas de cien francos. ¿Y quién lo sabe, tonta? respondió el marido. Tienes razón, replicó la mujer; y en seguida tomaron el camino. Ya se ve, la ocasión era demasiado buena para perderla, y no ofrecia ningún peligro. Aguardé á que el hombre y la mujer se alejasen bastante para salir de mi escondrijo; miré y vi á veinte pasos una casita, que sin duda debia ser la de los cien francos, porque otra no habia á la orilla del camino ; y como Anteuil distaba de allí unos quinientos pasos, me dije : Animo, Fortun; no hay una alma

6 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

y Ja noche se luí cerrado; como no haya algún perro de guardia (yasa- hes que siempre he tenido miedo á los perros) es negocio concluido. Pero quiso la fortuna que no hubiese ningún perro. Para asegurarme to- qué á la puerta, y como nadie me respondió cobré mas ánimo. Las ven- tanas del piso bajo estaban cerradas, y forzando las hojas de una con mi palo entré por ella en un cuarto, en cuya chimenea habia un poco de fuego que daba bastante luz para ver una cómoda sin llave. Cojí en esto mi alicate, forcé los cajones, y debajo de un montón de ropa blanca en- contré el dinero envuelto en una media vieja de lana. Sin echar mano á mas nada, volví á saltar por la ventana... cuando en esto voy y caigo ¿adivina sobre qué?

¡Dios mió! acaba... di...

Sobre las costillas de un guarda del campo que volvia hacia el pueblo.

¡Qué desgracia !

Como la luna era clara, me \ió salir por la ventana y me echó la mano. Era un camarada capaz de tragarse á diez como yo, y como ade- mas no tenia ánimos para defenderme me dejé cojer; mas como tenia la media en la mano , oyó sonar el dinero , me lo quitó, lo metió en el saco de caza y me llevó consigo á Anleuil. Llegamos ala casa del alcalde con acompañamiento de pillos y gendarmes, y fueron cu busca de los due-

PICAVINAGRE. 7

ños del dinero que no tardaron en volver y dar su declaración... Ya se ve, como no había modo de negar, confesé de plano , firmé mi declara- ción, y con las manos atadas me enviaron á Paris sobre la marcha.

¡Y vuelves á estar en la cárcel... acaso para mucho tiempo!

Escucha, Juana; no quiero engañarte, hija mia : mas vale que lo sepas de una vez.. .

¿Pero qué te harán, Dios mió?...

Vaya, no le aflijas...

¡Desengáñame de una vez, Fortun !...

Pues bien, ya no es asunto de cárcel...

¿Por qué?

El abogado me lo dijo cuando vio que era caso de reincidencia, y fractura, y escalamiento de noche en casa habitada : es cuenta que no falta, como tres y dos son cinco... iré por quince ó veinte años á galeras, y ademas habrá esposicion de añadidura.

¡A galeras! si eres tan delicado... ¡ah! te vas á morir! esclainó sollozando la desdichada mujer.

¿Y si me hubiese metido á albayaldero?...

¡ Pero las galeras , Dios mío ! ¡ las galeras ! . . .

Es una cárcel al aire libre, con casaca colorada en vez de parda; y ademas siempre tuve ganas de ver el mar...

¡Pero la esposicion, desdichado !... Verse allí espuesto á la irrisión de todo el mundo. . . ¡ Ah ! ¡ Dios mió ! ¡ Dios mío !

Y la desgraciada volvió á soltar el llanto.

Vamos, vamos , Juana; no seas boba... no hay duda que se pasan malos ratos; pero dicen que va uno sentado. Y ademas ¿no estoy acaso acostumbrado á ver el público ! Cuando era escamotador siempre estaba rodeado de gente : en galeras me figuraré que estoy haciendo juegos de manos, y si me fastidio cerraré los ojos, que viene á ser lo mismo que si no viera.

Al hablar de este modo , no tanto queria el preso ostentar una insen- sibilidad criminal , como inspirar á su hermana alguna seguridad y consuelo.

Para un hombre habituado á las costumbres de las cárceles y que ha perdido todo sentimiento de vergüenza, las galeras no son en efecto mas que un cambio de condición , ó un cambio de casaca , como decia Pica- vinagre con espantosa verdad. Algunos presos de las cárceles centrales prefieren ser echados á galeras, á cousa de la vida activa y alegre que en ellas se pasa, y cometen con frecuencia tentativas de asesinato para que los envien á Brest ó á Tolón.

Esto se concibe fácilmente : antes de ir á galeras tenian casi el mismo trabajo, según su profesión. La condición de los artesanos mas honra- dos de los puertos no es menos trabajosa y dura que la de los galeotes, salen y entran en el obrador á la misma hora, y el lecho en que reposan

8 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

sus fatigados miembros, suele no ser mas blando que el banco de la galera.

Viven en libertad , se nos dirá. ; son libres el domingo... y este dia es también un dia de reposo para los galeotes.

Pero no sufren el escarnio ni la vergüenza pública... ¿Y que importa la vergüenza y el escarnio para unos miserables calcinados en aquel bu- nio infernal , y que pasan por todos los grados de infamia en aquella escuela de perdición , en donde los mas criminales son los mas temidos y acatados?

Tales son las consecuencias del sistema actual de corrección :

El encarcelamiento es muy deseado ; las galeras son con frecuencia solicitadas...

¡Veinte años de galeras! ¡Dios mió! ¡Dios mió! repitió la infeliz hermana de Picavinagre.

Serénate , Juana, que no me echarán mas carga que la que pueda llevar, y soy demasiado flojo para que me den trabajos de fuerza... Si no hay fábrica de trompetas y sables de palo como en Melun, me darán al- gún trabajo lijero y me emplearán en la enfermería. Tengo buen genio , no soy desobediente , contaré consejas como aquí, haré de manera que me adoren los gefes , míeme estimen los compañeros, y te enviaré cocos gra- bados y cajitas de paja para mis sobrinos. En una palabra, el látigo está en el aire y no hay mas remedio que aguantar.

Si me hubieses escrito que venias á Paris , hubiera procurado ocul- tarte hasta que encontrases trabajo.

No pienses que no contaba con meterme en tu casa , pero quería llegar con las manos llanas ; porque al fin por el pelaje que traes se echa de ver que no gastas coche. ¿Y tus hijos? ¿y tu marido?

No me hables de él.

Tan turuleque como siempre, ¿verdad? es lástima, porque en el trabajo no hay quien le ponga el pié delante.

Bastante pena tenia ya con él... sin la que me das ahora...

¿Qué dices? ¿tu marido... ?

Hace tres años que me ha abandonado, después de haber vendido cuanto teníamos, dejándome los hijos sin tener que darles y sin mas muebles que un triste jergón.

¿ Cómo no me has hablado de eso ?

¿Y para qué? ¿para causarte mas pena?

¡Pobre Juana!... ¿Y cómo te has gobernado sola con tres chi- quillos?

¡Caramba! muy mal, dándole con alma á mi oficio de pasama- nera hasta donde llegaban las fuerzas ; las vecinas me ayudaban algo y me cuidaban los niños cuando salia ; y luego, á pesar de que no soy di- chosa, me favoreció la fortuna una vez en la vida , aunque de poco me sirvió á causa de mi marido...

PICAVINAGRE. 9

¿ Porqué ?

El pasamanero para quien trabajaba babló de mis penas á uno de sus parroquianos, y le dijo que mi marido me habia dejado sin nada ven- diendo cuanto habia en la casa, y que yo sin embargo trabajaba dia y noche para criar á mis hijos. Un dia al entrar en casa ¿qué te parece que he visto? la casa puesta de nuevo con una buena cama , muebles y ropa blanca , todo regalado por el parroquiano de mi pasamanero.

¡ Bien haya el tal parroquiano !... ¡ Pobre Juana !... ¿Por qué dia- blos no me has escrito lo que te pasaba? en vez de gastar como he gastado mis ahorros de la prisión , te hubiera enviado algún dinero.

Conque estando libre me habia de valer de que estabas preso.

Pues justamente por eso... Yo estaba mantenido y cuidado por cuenta del gobierno , y todo lo que ganaba era otro tanto beneficio ; pero sabiendo que mi cuñado era un menestral escelenle y una mujer afa- nosa, no me dabais ningún cuidado, y he gastado mis ahorros sin pen- sar que podíais necesitarlos.

Es verdad que mi marido era un buen menestral, pero se ha echado á perder. En fin, merced al socorro inesperado, fui cobrando algún valor; mi hija mayor empezaba á ganar algo, y á no ser porque estabas preso en Melun no debíamos quejarnos de la fortuna. Como el trabajo daba de sí, traía las niñas bien vestidas y casi no les faltaba nada , y yo andaba con el corazón alegre y satisfecho ; de modo que hasta llegué á ahorrar treinta y cinco francos , cuando en esto llega mi marido. Hacia un año que no lo habia visto; y como encontró la casa bien compuesta

iv. -2

10 LOS MISTEMOS DE PARÍS.

y arreglada, sin encomendarse á Dios ni al diablo me eojió el dinero que tenia, se quedó á vivir con nosotros sin trabajar, se emborrachaba lodos los dias y me sacudía el polvo si me quejaba.

¡ Qué bribón !

Mas no paró en esto, pues metió en un cuarto de nuestra casa á una mala mujer con quien vivia, y no tuve mas remedio que sufrir este escándalo por segunda vez. En seguida empezó á vender poco á poco los muebles que habia. Viendo yo lo que iba á suceder fui á ver á un abo- gado que vivia en la misma casa, á fin de preguntarle lo que debia ha- cer para impedir que mi marido nos volviese á dejar sin nada á y á mis hijos.

Es claro... debías echar á la calle á tu marido.

, pero no tenia derecho. El abogado me dijo (jue el marido podia disponer de todo como gefe de la comunidad , é instalarse en la casa sin hacer nada ; que esto era una desgracia, pero que debia llevarlo con pa- ciencia ; que la circunstancia de la querida suya que vivia bajo nuestro techo, me daba derecho á pedir la separación de cuerpo y de bienes, co- mo dijo el abogado... con tanto mayor motivo porque habia testigos de que mi marido me habia pegado y maltratado; y, por fin , que yo podia ponerle pleito, pero que me costana por lo menos cuatrocientos ó qui- nientos francos el conseguir la separación. Ya ves que es todo lo que po- dría ganar en un año. ¿Y quién me prestaría á semejante cantidad? y ademas, no está todo el mal en pedir prestado , sino en pagar... y qui- nientos francos de un golpe... es para arruinar á cualquiera.

Sin embargo hay un modo bien sencillo de juntar quinientos fran- cos 5 dijo con amargura Picavinagre , cual es el andar siempre en ayu- nas y mantenerse del aire , sin dejar por eso de trabajar. Es estraño que el abogado no te haya dado este consejo.

Nunca hablas sino de chanza, Forlun...

¡ Oh! ¡esta vez hablo de veras!... esclamó Picavinagre con indig- nación;— porque al fin eso de que la ley ha de ser tan cara para los po- bres es una infamia. Y sino ahí estás que eres una madre de familia honrada y cuidadosa y que trabajas sin descanso para dar buena crianza á tus hijos... Tu marido es un bribón, un perdido, que te pega y le mal- trata y te roba y gasta en la taberna el dinero que ganas. . . En seguida vas á la justicia para que te proteja y ponga á salvo de las garras de ese vaga- mundo tu pan y el de tus hijos... pero los abogados te dicen : «No hay duda que tenéis razón ; vuestro marido es un malvado y se os hará justi- cia. Pero esta justicia os costará quinientos francos. » ¡ Quinientos fran- cos ! precisamente lo que os hace falta á ti y á tu familia para vivir un año!... Mira , Juana, todo esto prueba á no poder dudarlo , como dice el proverbio , que no hay mas que dos especies de gente; esto es, los que son ahorcados y los que merecen serlo.

Alegría , sola y pensativa y sin distraer la atención con ningún inter-

P1GAYINAGRE. II

locutor, no habia perdido ni una sola palabra de la conversación de aquella pobre mujer, cuyo infortunio la interesaba vivamente , y se propuso manifestarlo á Rodolfo al punto que lo viese , no dudando que le dispensarla su protección.

Sumamente conmovida por la triste suerte de la hermana de Picavi- nagre , no apartaba de ella la vista y estaba para acercarse algo mas, cuando por desgracia entró en el locutorio otro visitador, preguntó por un preso que al punto fueron a llamar, y se sentó en el banco entre Jua- na y la griseta.

Esta , al ver al hombre no pudo contener un gesto de sorpresa y casi de temor, pues roconoció en él á uno de los guardas de comercio que habian ido á prender á Morel , dando cumplimiento al mandato de pri- sión obtenido contra el lapidario por Jaime Ferran.

Trajo esta circunstancia á la memoria de Alegría el tenaz perseguidor de Cernían, y se aumentó su tristeza, de la cual la habia distraído por uu momento la interesante declaración de la hermana de Picavi- nagre.

Alejóse por tanto de su nuevo vecino, se arrimó de espaldas á la pa- red y volvió á entregarse á sus tristes pensamientos.

Mira, Juana , continuó Picavinagre cuyo semblante jovial y mo- fador se oscureció de repente, no soy fuerte ni valiente; pero si me hallase en el sitio cuando le llegaba al bulto y te trataba de ese modo, no me estarla con los brazos cruzados... Pero también eres una bo- balona...

¿Y qué querias que hiciese?... no tenia mas remedio que sufrir lo que no podia evitar. Mientras hubo en la casa algo que vender, mi ma rido lo fué vendiendo todo , hasta el vestidito de los domingos de la ni- ña, para regalarse en la taberna con su querida.

¿Pero para qué le dabas el dinero que ganabas?... ¿ por qué no lo escondias?

Ya lo escondia; pero me zurraba tanto que al fin tenia que dárselo. Y no solo se lo daba por miedo que tuviese á los golpes , sino también porque decia para : al fin si me da un golpe desatinado y me rompe un brazo, por ejemplo, no podré trabajar por mucho tiempo; ¿y en- tonces qué será de mí?... ¿quién cuidará de mantenerme los hijos? Si tengo que ir al hospicio, se morirán de hambre los pobrecillos... Ya ves, Fortun , que estas son razones para que diese el dinero á mi mari- do , á fin de que no me pegase ni me pusiese en estado de no poder trabajar...

¡Pobre hermana mia!... ¡y luego hablan de los mártires, cuando pasaste mas martirio que nadie!...

Y sin embargo yo nunca he hecho mal á nadie, y todo mi afán era trabajar para mantener á mi marido y á mis hijos; pero ¡qué quieres ! el mundo se compone de dichosos y desgraciados , de buenos y de malos.

12 LOS MISTEMOS DE PARÍS.

, y por eso es admirable la felicidad de los buenos!... Pero al fin ¿te libraste ya de esc desastrado?

Abora sí, aunque no me dejó hasta después de haberme vendido el mismo catre y la cama de los niños... Y cada vez que pienso que que- ría hacer otra cosa peor...

¿Que queria?

Aunque hablo de él, era mas bien aquella mala mujer quien lo obligaba, y por eso te lo digo. Apenas lo creerás, pero has de saber que un dia me dijo : « Cuando hay en un matrimonio una linda muchacha de quince años como la nuestra, es una tontería no aprovecharse de su hermosura. »

¡Ah! sí, ya entiendo... después de haberte vendido los trastejos ¡ pobrecilla !... ¡ queria vender también la hija!...

Te digo, Fortun, que cuando tal medió un vuelco todo la sangre del cuerpo, aunque es verdad que se avergonzó y se puso colorado como un tomate al oir las cosas que le dije; y como su querida quiso tomar parte en la disputa sosteniendo que mi marido podia hacer de su hija lo que le diese la gana, la puse tan de ropa de pascuas, que mi marido me pegó, y desde entonces no á donde se han ido.

Hay personas condenadas á diez años de encierro que no lo mere- cen tanto como tu marido... á lo menos no roban mas que á los estra- ños. . . ¡ Qué infame ! ¡ qué bribón ! . . .

Y sin embargo no tiene mal corazón, ni se hubiera echado á per- der á no ser por las malas compañías de la taberna.

Eso es, no baria daño á un chiquillo; pero á la gente crecida, es otra cosa...

¡ Cómo ha de ser, Fortun ! es preciso ir pasando á tragos esta vida, ya que Dios así lo permite... A lo menos desde que se marchó mi ma- rido no tengo miedo de que me estropee, y voy cobrando ánimos poco á poco. Como no tenia con qué comprar un colchón, porque antes de nada es preciso pagar el alquiler, y entre Catalina mi bija mayor y yo apenas ganamos cuarenta sueldos diarios, porque los otros dos niños no pueden, trabajar aun para ganar la vida... á falta de un colchón, dormíamos en un jergón lleno de paja que juntábamos á la puerta de un enfardador que vive en nuestra calle.

¡ Ah ! ¡ y he gastado mis ahorros de la cárcel !

¡Cómo ha de ser! no podias saber mis trabajos porque nunca te habia hablado de ellos. En fin, Catalina y yo nos aplicamos con mas afán al trabajo. ¡ Pobre criatura ! ¡ si supieras qué buena, qué honrada y qué laboriosa es !... siempre me está mirando para adivinar mi pensa- miento : nunca se le oye una queja, y sin embargo harta miseria ha pasado ya... á pesar de que no tiene mas que quince años... Mira, For- tun, á lo menos es un consuelo el tener una hija como mi Catalina dijo Juana limpiándose las lágrimas

PICAVINAGRE. 10

Por lo que veo... es tu vivo retrato : ¡ Dios te la conserve !

Te aseguro que paso mas penas por ella que por misma : no hay mas decir sino que, de dos meses á esta parle trabaja como un azacán todos los momentos del dia; una vez cada semana va á los lavaderos del Puente del Cambio, pagando tres sueldos por hora, para enjabonar la poca ropa que nos dejó mi marido, y los demás dias no tiene un ins- tante de descanso... La verdad sea dicha, pero empezó á conocer la des- gracia demasiado pronto; ya que al fin tiene que venir tarde ó tem- prano, pero á lo menos hay personas que viven con sosiego uno ó dos años... Pero en medio de todo, lo que mas me quita el sueño es el no poder ayudarte casi nada... Sin embargo, yo procuraré...

¿Estas loca? ¿y crees que aceptaría? Al contrario, en vez de un sueldo por par de orejas, haré pagar dos, ó sino nadie oirá los cuentos de Picavinagre... y con eso te ayudaré para que vayas poniendo la casa... Pero ¿porqué no alquilas un cuarto amueblado? de ese modo tu marido no podria venderte nada.

¿ Sabes lo que dices? ¿no ves que somos cuatro y que nos pedirian por lo menos veinte sueldos diarios? ¿y qué nos quedaría para vivir? Al paso que ahora no pagamos mas que cincuenta francos al año de alquiler.

Entonces te doy la razón, hija mia dijo Picavinagre con amarga ironía trabaja y echa los bofes para ir poniendo tu casa, que luego que hayas ganado alguna cosa vendrá tu marido y volverá á dejarte como una patena... y el dia menos pensado venderá tu hija como ha vendido los trastos.

¡ Oh! eso no; antes me dejaría matar... ¡ Pobre Catalina !...

Pues no te matará y venderá tu pobre Catalina... ¿No es acaso tu marido? ¿no es el gefe de la comunidad, como te dijo el abogado, mien- tras no os separe la ley? Y como no tienes quinientos francos para comprar la ley, no tienes mas remedio que resignarte á que tu marido te saque de casa la hija y se la lleve á donde mejor le acomode. Ya que él y su querida se empeñaron en perder la muchacha, no tengas cuidado que cumplirán su gusto...

¡ Dios mió ! ¡ Dios mió !... ¡ Entonces no hay justicia en el mundo, si es posible tal infamia !...

¡ La justicia! dijo Picavinagre con una carcajada sardónica la justicia escomo la carne... es bocado muy caro para los pobres... Pero entendámonos; si se trata de enviarlos á Melun, ó de ponerlos en la ar- golla, ó de echarlos á galeras, entonces muda de especie... porque esa justicia se les dispensa gratis... Si les cortan el pescuezo... también se lo cortan gratis... nada de eso cuesta dinero... ¡ Billetes baratos, caba- lleros ! añadió Picavinagre con el acento de los revendedores de bi- lletes de teatro; ni un franco, ni medio, ni un sueldo cuestan... sedan devalde... están al alcance de todos, porque solo se arriesga la cabeza...

I¿ LOS MISTERIOS DE PARÍS.

ej gobierno paga todo el gasto; hasta el pelo se corta por su cuenta... " Esta es la justicia gratis... Pero la justicia que impide el que una madre honrada de familia sea maltratada y robada por un marido que quiere y puede hacer dinero de su bija... esta justicia cuesta quinientos fran- cos... y pasarás sin ella, querida Juana.

¡ Ay, Fortun ! dijo la infeliz madre soltando en amargo llanto ¡ qué negro me pones el corazón !...

También á se me pone negro al pensar en tu suerte y en la de tu familia, y al ver que nada puedo hacer por vosotros... Mira, Juana, aunque te parece que siempre estoy riendo, te engañas, porque tengo dos especies de alegría : unas veces mi alegría es alegre y otras triste... No tengo fuerza ni valor para ser malo, colérico ni rencoroso como otros... y todo se me va en palabras mas ó menos chabacanas; y acaso mi cobardía y lo flaco de mi cuerpo han sido la causa de que no llegase á ser mas malo de lo que soy... Así es que solo pudo haberme tentado á robar lo solo y aislado de aquella maldita casa, en donde no babia ni un solo galo... y sobre todo ni un triste perro para guardar la puerta... También fué necesaria la circunstancia de que hiciese una luna clara como el dia; porque de noche y solo tengo un miedo cerval !...

Por eso he creído siempre, mi amado Fortun, que eres mejor de lo que piensas... y por eso espero que los jueces tendrán compasión de ti.

¡ Compasión de ! ¡ de un presidiario cumplido reincidente ! Sí, échate á dormir. Por eso no les quiero mal, porque lo mismo se me da por estar aquí que en otra parte. En eso de que no soy malo, tienes mucha razón, pues á los que lo son los aborrezco á mi manera, y me burlo de ellos cuanto puedo. Puede ser que á fuerza de contar cuentos, en los cuales para agradar á los que me oyen hago siempre de manera que los que atormentan á los demás por mera crueldad lleven al fin su merecido... me haya acostumbrado á sentir lo mismo que cuenlo.

¿Y les gustan esos cuentos á las personas con quienes vives? á no decírmelo no lo creería.

Si les contase de esas historias en que un perillán que roba ó que mata lleva al fin su merecido, no me dejarían acabar; pero si se les hablo de una mujer ó de un niño, ó de un pobre diablo como yo, por ejemplo, que se ve maltrado y perseguido por un hombron de barba ne- gra, solo por el gusto de perseguirlo; ¡ ah ! entonces se vuelven locos de contento cuando al fin de la historia se lleva el diablo al de las barbas negras. Justamente una leyenda titulada Gringalcte y Tajavivos que era la delicia del presidio central de Melun, y que aun no he contado aquí. La tengo ofrecida para esta noche; pero ya pueden disponerse

a A los reos condenados á la guillotina se les corta el pelo y el cuello de la camisa ¡hites de la ejecución. Por una horrible eufonía, demasiado frecuente en la prensa francesa al hablar do los < nju ciamicntos criminales, se llama á esto « les appréls de la loiletle du supplicié. (?*'•)

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PICAVINAGKE. 15

para sudar el dinero, porque sino no hay nada de lo dicho. tendrás parle en la ganancia como corresponde, y luego escribiré la historia para que se diviertan con ella tns niños, porque es tan decente que la puede leer una monja carmelita.

Lo que me consuela, mi querido Fortun, es el ver que no eres tan desgraciado como otros, gracias á tu buen genio.

No quisiera ser como un preso de mi cuarto por cuanto hay en el mundo. Pobre muchacho... tengo mis recelos de que antes que se acabe el dia lo sangren por un lado ó por el otro... porque se prepara contra él una tormenta de los diablos para esta tarde...

¡ Ay, Dios mió ! ¿ quieren hacerle daño?... Cuidado, Fortun, no tomes parte en eso...

Ya me guardaré bien, no tengas cuidado... Como ando por entre unos y otros... lie oido hablar de taparle la boca para que no de vo- ces... y á fin de que nadie vea la ejecución tienen determinado hacer corro alredor de él, con pretesto de oir á uno de ellos, que hará como que está leyendo un diario ú otra cosa...

¿Y por qué quieren maltratarlo de ese modo?

Como anda siempre solo, y no habla con nadie, parece que hace ascos de todo, lo tienen por un espía; y ya ves que esto es una barbari- dad , porque si fuese espía trataria por el contrario de hacerse amigo de todos. Pero el asunto del negocio es que tiene un aire muy señoril, y por eso no lo pueden tragar. El capitán del dormitorio, llamado el Esqueleto ambulante, está á la cabeza de la conjuración, y le tiene una tirria in- fernal al pobre Germán, que es el batidero de toda la cárcel. Allá se las hayan, que á ni me va ni me viene... ni podria hacer nada aunque quisiera. Ya ves, Juana, de que le sirve á uno estar triste en la cárcel... de que todos tengan sospecha de el; y por eso nadie me ha tenido á por sospechoso. Ahora, hija mia, basta de charla; vuélvete á tu casa, que bastante tiempo has perdido ya en venir aquí... yo no tengo por ahora mas oficio que dar ala lengua; pero tienes que trabajar; conque así buenas tardes... Adiós; déjate ver de cuando en cuando para tenerme contento.

No, Fortun... un instante mas...

No, no, que haces falta á tus hijos... Supongo que no les dirás que su tio está preso aquí...

Creen que estás en las colonias, como en otro tiempo mi madre... y de este modo es como puedo hablarles de ti...

Vamos, ahora márchate... ¡ pronto! ¡ pronto!

Aguarda un momento, Fortun... Mira, no estoy muy sobrada, mas por eso no te dejaré andar así. Debes tener mucho frío... ya se ve, sin medios... con ese mal chaleco. Ya te arreglaremos alguna ropa entre Ca- talina y yo. Mira, Fortun, asi tuviéramos posibles como tenemos buenos deseos.

10 LOS MISTERIOS DE PARIS.

¿Qué dijiste? ¿ropa? tengo los baúles llenos de ella... luego que lleguen me vestiré como un principe. ¿No te ries? pues bien, hablando formalmente, hija mia : no desprecio tu dádiva, basta que Gringalcle^ Tajavivos me hayan llenado el bolsillo para mostrarme agradecido. Adiós, mi amada Juana; la primera vez que vengas te he de hacer rcir por los ¡jares, ó perderé el nombre de Picavinagre. Vaya, ahora márchate... que bastante tiempo has perdido.

Escucha, Fortun... un momento...

¡ Uuen hombre ! ¡ eh !... ¡ hola ! dijo Fortun al celador que es- taba sentado al otro cstremo del locutorio he acabado, y quiero volver adentro...

¡ Ah ! Fortun... conque me despides así... dijo Juana.

Y tengo sobrada razón. Adiós; ánimo, hija mia, y mañana por la mañana di á tus hijos que has soñado con su tio que está en las colo- nias, y que te encargó que los abrazases. Adiós.

Adiós, Fortun dijo la pobre mujer deshecha en lágrimas al ver que su hermano se volvia al interior de la prisión.

Alegría habia dejado de oir la conversación de Picavinagre y de Juana desde que el corchete se habia sentado entre ella y los dos hermanos; mas no habia perdido de vista á Juana á fin de averiguar en donde vivia para recomendarla á Rodolfo, según su primera idea.

Cuando Juana se levantó del banco para salir del locutorio, se acercó á ella Alegría y la dijo con timidez :

Señora, he oido hace un rato involuntariamente que sois pasama- nera de oficio.

Es verdad, señorita repuso Juana algo sorprendida, pero encan- tada por la gracia y la hermosura de la griseta.

Yo soy costurera de vestidos dijo Alegría; y ahora que son de moda las franjas y los flecos, como algunas parroquianas me piden "iiarniciones á su gusto, he pensado que me saldria mas barato el va- lerme de vos que trabajáis en vuestra casa, quede ningún tendero; y ademas espero poder daros mas obra que el fabricante para quien tra- bajáis.

Ciertamente, señorita ; comprando la seda por mi cuenta me de- jaría algún beneficio... ¡Cuánto os agradezco que os hayáis acordado de !...

Voy á hablaros francamente, señora : estaba aguardando la per- sona á quien vengo á ver, y como no tenia con quien hablar, he oido sin querer lo que habéis dicho á vuestro hermano acerca de los trabajos que pasáis y de los hijos que tenéis , hasta que aquel hombre vino á sentarse entre las dos. Vínome entonces á la idea que podía seros útil en vista de que sois pasamanera y yo modista , porque los pobres debemos dárnosla mano unos á otros. Si os agrada mi proposición ahí tenéis mi tarjeta para saber en donde vivo y me daréis la vuestra; de este modo sabré en

PICAVINAGRE. 17

donde encontraros cuando tenga que daros algún trabajo. Y Alegría dio una de sus tarjetas á la hermana de Picavinagre , que llena de grati- tud dijo con afectuosa conmoción :

Vuestra cara no me habia engañado , señorita; y no lo echéis á va- nidad , pero os parecéis tanto á mi hija la mayor, que no he podido me- nos de miraros dos veces cuando he entrado aquí. Si me proporcionáis alguna obra no tendréis queja de mí, porque trabajo con conciencia. Me llamo Juana Duport, y vivo en la calle de la Barillerie, n. 1.

Número 1 : no se me olvidará. Gracias , señora.

Yo soy quien debe daros gracias por haberos acordado de y por vuestra bondad, querida señorita. Algún ángel os trajo hoy por aquí.

Pero nada puede ser mas natural, madama Duport, dijo. Alegría con dulce sonrisa. Ya que tengo ciertos aires de vuestra hija Catalina, no debe sorprenderos el que os quiera bien.

¡ Qué guapa, qué escelente sois, mi amada señorita ! Me habéis en- sanchado el corazón. . Espero que nos veremos aquí algunas veces , por- que si no me engaño venís también á ver algún preso.

¡Ah ! , señora... repuso Alegría dando un suspiro.

Entonces hasta la vista... á lo menos así lo espero , señorita... Ale- gría , dijo Juana Duport después de haber mirado la tarjeta de la modista.

Hasta la vista, madama Duport...

A lo menos , dijo para Alegría ya en donde vive esta po- bre mujer, y estoy segura de que el señor Rodolfo se interesará por ella cuando sepa que es tan desgraciada, porque varias veces me tiene dicho: « Si sabéis de alguna peleona digna de compasión, avisadme...» -— Y Ale- gría volvió á sentarse en el banco esperando con impaciencia el fin del coloquio del corchete para que llamasen á Germán.

Séanos ahora permitido decir algunas palabras sobre la escena anterior.

Debemos confesar que por desgracia era demasiado justa la indignación del miserable hermano de Juana.

Sí; al decir que la ley es muy cara para los pobres, decia la verdad.

Los pleitos ante los tribunales civiles ocasionan enormes gastos, inac- cesibles al artesano que apenas gana lo necesario para vivir.

Si una madre ó un padre de familia de esta clase desatendida y sacri- ficada piden una separación de cuerpo, aunque tengan para pedirla todo el derecho posible...

¿La conseguirán?

No, porque no hay artesano que pueda gastar cuatrocientos ó quinien- tos francos en las formalidades onerosas de un juicio de esta clase.

Y sin embargo para el podre no hay otro género de vida que la vida doméstica : la buena ó mala conducta del jefe de una familia artesana no solo es una cuestión de moralidad, sino una cuestión de pan... iv. 5

■18 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

¿Es por ventura menos digna de interés la suerte de una mujer del pueblo, corno la que hemos procurado pintar, que la de una mujer rica espuesta á las consecuencias de los desórdenes é infidelidad de su marido ?

Nada es sin duda mas digno de compasión que los dolores del alma.

Pero cuando á estos dolores de una madre desgraciada se une la mi- seria de sus hijos, ¿no es monstruoso el que la pobreza de esta mujer la prive de la protección de ley, y la entregue indefensa con toda su fa- milia al mal trato de un marido ocioso y corrompido?

Y sin embargo existe esa monstruosidad.

Y así en este caso como en otros muchos, un presidiario ó cualquier condenado por la justicia puede negar con derecho y buena lógica la im- parcialidad de las instituciones, en cuya virtud y bajo cuyo nombre ha sido condenado.

¿Necesitaremos decir el peligro que encierra para la sociedad la justi- ficación de tales acusaciones?

¿Cuál puede ser la influencia y la autoridad de unas leyes, cuya apli- cación está absolutamente supeditada á una cuestión de dinero?

¿No debería ser accesible á todos la justicia civil, como la justicia cri- minal?

Ya que hay tantas personas que á causa de su pobreza no pueden invocar el amparo de una ley eminentemente reparadora y tutelar, ¿no debería la sociedad asegurar á sus espensas la aplicación de esta ley, por respeto al honor y á la tranquilidad de las familias?

Mas dejemos á esta mujer que será toda su vida víctima de un marido brutal y pervertido, ya que siendo pobre carece de medios para conse- guir que la ley pronuncie su divorcio.

Hablemos abora del hermano de Juana Duport.

Este presidiario cumplido sale de un antro de corrupción, para volver á entrar en el mundo después de haber satisfecho su condena y su deuda por medio de la expiación.

¿Qué precauciones ha lomado la sociedad para impedir que reincida en el crimen?

Ninguna...

¿Se le ha facilitado y abierto con previsión caritativa la senda del bien, á fin de castigarlo de una manera terrible si se muestra incorregible?

La perversidad contagiosa de vuestras cárceles es tan conocida y tan justamente temida, que el que sale de ellas no encuentra en parte al- guna mas que desvío, menosprecio y aversión, y aun cuando fuese á to- das luces hombre de bien, nadie le daria una ocupación honrosa.

Ademas, vuestra afrentosa vigilancia lo confina á pequeñas poblacio- nes en donde deben ser al punto conocidos los antecedentes de su vida, y en donde no hallará medio alguno para ejercer la industria escepcio- nal que imponen á los presos los arrendatarios del trabajo de las cárce- les centrales.

PICAV1NAGRE. 19

Si el presidiario tiene valor para resistir las malas tentaciones, se en- tregará á uno de esos oficios homicidas de que hemos hablado ; á la prepa- ración, por ejemplo, de ciertos productos químicos cuya mortal influen- cia diezma á los que ejercen tan funesta profesión", ó bien se dedicará á arrancar piedra en las canteras de Fontainebleau, oficio á que por un término medio se resiste seis años! ! !

La condición de un reo cumplido es según esto mucho mas penosa y difícil que antes de su primer delito, pues se encuentra rodeado de di- ficultades y escollos, y tiene que arrostrar el desprecio y los sonrojos de todo el mundo, y casi siempre se ve reducido á la mayor miseria...

Y si sucumbe en medio de tan espantosos riesgos y privaciones y vuelve á la vida criminal, se le trata con una severidad mas inflexible que al tiempo de su primera falta...

Esto es injusto... porque casi siempre lo conducen al segundo crimen la miseria en que se le ha sumido y el horror de que se le ha rodeado.

; porque está probado que ese sistema penitenciario corrompe y deprava en lugar de corregir.

En vez de mejorar... empeora.

En vez de curar los leves achaques morales... los hace incurables.

Por tanto, esa agravación de pena aplicada al reincidente es inicua y bárbara, pues esa reincidencia es una consecuencia forzosa de las insti- tuciones penales.

El terrible castigo que se impone á los reincidentes seria justo y con- secuente, si en las cárceles se moralizase y purificase á los reos, y si al fin de su condena les fuese fácil, ó á lo menos posible la observancia de una buena conducta.

Si nos sorprendemos al ver estas contradicciones de la ley, ¿qué será si comparamos ciertos delitos con ciertos crímenes,

Ya sea por sus resultados inevitables, ó ya por la desproporción des- medida que existe entre los castigos que se les imponen?...

La conversación del preso á quien iba á visitar el alguacil del co- mercio, nos manifestará uno de estos funestos contrastes.

« Dicen que se acaba de descubrir un medio para preservar la salud de los desgraciados que se dedican a esfa horrorosa industria. (Véase la Memoria descriptiva sobre un nuevo método de fabricar albayalde, presentada a la Academia de ciencias por M. J. N. Gannal.)

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CAPITULO 11.

EL ALÍiUCIL «AURIGAS.

El preso que entró en el locutorio cuando salía de él Picavinagre, era un hombre de unos treinta años, de cabello rubio color de fuego, de cara jovial, llena y rubicunda, y lo corto de su estatura hacia mas no- table aun su enorme obesidad. Este preso tan gordo y colorado estaba rebujado en una levita larga de bayetón pardo, igual al de un pantalón de pié de calceta; y una gorra de candil de terciopelo encarnado, y unas pantuflas escelentes y bien forradas completaban el vestido de este per- sonaje. Aunque habia pasado ya la moda de los sellos, llevaba colgados de la cadena de su reloj una multitud de ellos adornados con piedras linas, y varias sortijas de piedras preciosas brillaban en las manos colo- radas de este preso, llamado el tio Barrigas, que era un alguacil conde- nado por abuso de confianza.

liemos dicho que su interlocutor era Pedro Bordón, uno de los guar- das de comercio encargados de verificar la prisión del lapidario Morel. El tio Barrigas, alguacil de M. Petit-Jean, testaferre de Jaime Ferran, em- pleaba de ordinario á este corchete.

Bordón, que era mas pequeño y tan gordo como el alguacil, imitaba

EL ALGUACIL BAKlüGAS. 21

según sus posibles el talante de su patrón, cuya magniíicencia admiraba. Aficionado como él á toda clase de joyas, llevaba aquel dia un rico alfi- ler de topacio y una gran cadena de oro que serpenteaba de ojal en ojal por la botonadura de su chaleco.

Buenos dias, amigo Bordón: estaba seguro que no faltariais á la cita dijo alegremente el tio Barrigas con una voz de falsete, que ha- cia un contraste singular con lo voluminoso de su cuerpo y con su cara llena y colorada.

¡ Faltar á la cita! repuso el guarda de comercio ; soy incapaz de eso, mi general.

Bordón daba este nombre, por una broma tan familiar como respe- tuosa, al alguacil bajo cuyas órdenes obraba, siendo ademas muy común esta locución militar entre ciertas clases de empleados civiles.

Veo con placer que hay amistades fieles en la desgracia dijo Bar- rigas con jovialidad; sin embargo ya empezaba á titubear, pues hacia tres dias que os había escrito...

'Figuraos, mi general, que me sucedió una historia completa. Su- pongo que no os habréis olvidado de aquel lindo vizconde de la calle de Chaillot.

¿ Saint-Re my?

El mismo. Ya sabéis como se ha burlado de nuestras pesquisas.

Su conducta era bastante indecente.

¿A quién se lo contais? Malicornio y yo andábamos sin sombra y como atontados, si es posible.

Eso es imposible, amigo Bordón.

No hay duda, mi general. Pero vamos al hecho : el lindo vizconde ha adquirido nuevos títulos.

¿Le han hecho conde?

No, de estafador pasó á ser ladrón.

¡ Queah !

Le andan tras del bulto por unos diamantes que ha escamotado. Y, entre paréntesis, pertenecían al joyero para quien trabajaba aquel mar- rano de More! el lapidario, que estábamos para prender en la calle del Templo, cuando uno alto y delgado de bigote negro pagó por él, y quiso echarnos por las escaleras abajo á y á Malicornio.

Sí, sí, ahora me acuerdo... ya me habéis contado ese lance, amigo Bordón ; y lo mas salado ha sido que la portera de la casa os echó por la cabeza una olla de sopa hirviendo...

Inclusa la olla, mi general, que estalló á nuestros pies con el ruido de una bomba... ¡bruja de los diablos!...

De todo eso se hará mérito en vuestra hoja de servicios y heridas de campaña... ¿Pero, y el vizconde?

Como iba diciendo, al bueno de Saint-R.emy se le perseguía por la- drón... después de haber hecho creer al tonto de su padre que se habia

22 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

querido matar. Un agente de policía amigo mió, sabiendo que yo le lia- bia anclado á los alcances, me preguntó si podría ayudarle á seguir la pista del vizconde... Justamente cuando me dieron la última orden de prisión contra él, habia sabido, aunque demasiado tarde, que se bailaba en una quinta en Arnouville, á cinco leguas de Paris... pero cuando lle- gamos allá ya el pájaro habia volado.

Ademas pagó al tercer dia la letra de cambio... merced á cierta dama de campanillas, según dicen por abí.

Cierto, mi general... mas como yo sabia def nido donde se habia escondido otra vez, y era muy probable que volviese á estar en él, por eso se lo dije á mi amigo el agente de policía, el cual me dijo que le ayu- dase á salir del paso... gratis y de afición... y que lo condujese á la quin- ta... Hallábame entonces sin ocupación ; y como el tal paseo equivalía á un dia de campo, acepté desde luego.

¿Y el vizconde?

El diablo que lo encontrase... Después de haber rondado la quinta y de habernos introducido en ella, nos volvimos como babíamos ido y con las orejas gachas... Ese fué el motivo por que no he cumplido an- tes vuestra orden, mi general.

Bien seguro estaba yo de que habia alguna imposibilidad de vuestra parte.

Pero aunque os parezca indiscreto, ¿cómo diablos os halláis aquí?

Unos bribones, amigo mió... una turba de bribones, que por la mi- seria de sesenta mil francos de que se han creido despojados, se han que- jado de por abuso de confianza, y me obligan á dejar el empleo...

¿De veras, mi general? ¡qué desgracia! Conque de ese modo no volveréis á darnos trabajo...

Estoy á medio sueldo, amigo Bordón... estoy al descuento.

¿Pero quiénes son esos demonios?

Figuraos que uno de los mas encarnizados contra nií es un ladrón presidiario cumplido, que me habia encargado de cobrar un billete de setecientos miserables francos, para lo cual era preciso entablar eje- cución... Así lo hice, y me han pagado, y he cobrado el dinero... y porque be gastado esa suma, lo mismo que otras muchas, á causa de al- gunas especulaciones que se me desgraciaron, toda esa canalla se desató contra mí, hasta que por último obtuvieron auto de prisión, y aquí me te- neis, caro amigo, enjaulado como un malhechor ni mas ni menos.

Es lance para hacer sudar á un difunto, mi general...

Seguramente; pero lo mas particulares que el tal presidiario cum- plido me ha escrito hace algunos dias diciéndome que la referida canti- dad era lo único con que contaba para sus dias negros, y que estos dias negros habían llegado ya... (no lo que quiere decir con esto) por lo cual era yo responsable de los crímenes que le hiciese cometer la miseria.

¡ Vaya una ocurrencia !

EL ALGUACIL BARRIGAS. 23

Estraña por cierto... pero es una manera muy cómoda de salir del paso. Felizmente la ley no reconoce semejantes complicidades.

Pero en resumidas cuentas no se os acusa mas que de abuso de confianza, ¿no es verdad?

¡Seguramente!... ¿me creeríais capaz de robar, amigo Bordón?

Nada menos que eso, mi general... Lo que quise decir es que nada grave hay en vuestro asunto, ni que merezca la atención.

¿Tengo la cara triste... ó abatida, amigo Bordón?

iVo por cierto; jamas os he visto de mejor semblante. En una pa- labra, si salís condenado, pagaréis con dos ó tres meses de cárcel y 25 francos de multa... No me engaño, porque bien el código.

Y esos dos ó tres meses de cárcel estoy seguro de que los pasaré cómodamente en una casa de salud. Tengo de mi parte á un diputado.

¡ Hola ! . . . entonces es negocio seguro

Por eso me rio y duermo á pierna suelta, amigo Bordón : mucho adelantaron esos tontos con haberme metido aquí, porque el dinero que me saquen quiero clavármelo en la frente. Me obligaron á dejar el em- pleo, pero nada me importa, pues se cree que lo debo á mi predecesor. Ya veis por lo visto que esos babiecas harán el gasto de la función, como dice el otro

Soy de la misma opinión, mi general : peor para ellos.

Vamos ahora á lo que me obligó á llamaros : se trata de una misión delicada, de un asunto de mujer dijo el tio Barrigas con fatuidad mis- teriosa.

¡Ah! general de los diablos, la cabra tira siempre al monte. Con- tad conmigo : ¿en qué puedo serviros?

Estoy prendado hasta los ojos de una cómica de las Folias Dramá- ticas, á quien pago como corresponde, y ella me paga también á su ma- nera, ó á lo menos así lo creo, porque á muertos y á idos no hay ami- gos. Y me interesa tanto mas el saber si me equivoco ó no, porque Ale- jandrina (que así se llama) me ha pedido últimamente algunos fondos... Nunca he sido cicatero con las mujeres, pero no me gusta tampoco gas- tar para que otros se diviertan; de modo que antes de complacer á mi amiga y de ser liberal con ella, quisiera saber si lo merece por su fidelidad . Ya que no hay nada mas quebradizo y caprichoso que la fidelidad de las mujeres, pero no lo puedo remediar. Por tanto, querido compañero, me haríais un favor de amigo si pudieseis hacer la guardia á mis amo- res por algunos dias, á fin de ponerme en el caso de saber lo que hay en el particular, ya sea echando de la casa á la portera de Alejandrina, ó bien...

Basta, mi general repuso Bordón interrumpiendo al alguacil; eso no me dará mas trabajo que buscar y rastrear y seguir la pista á un deudor. Vivid sin cuidado, que ya averiguaré si la señorita Alejandrina anda á picos pardos, lo que no parece probable; porque hablando franca-

24 LOS MISTERIOS DE PARIS.

mente, mi general, sois demasiado bien hecho y generoso para que deje

de adoraros.

Por bien hecho que sea, amigo mió, lo cierto es qne estoy ausente, y lejos de la vista, lejos del corazón. En fin, cuento con que averiguaréis la verdad.

Y la sabréis pronto.

¡ Ah ! compañero del alma, ¿cómo os mostraré mi agradecimiento?

Dejaos de eso, mi general.

En la inteligencia, amigo Bordón, de que vuestro salario será en esta diligencia igual al que devengáis por una de prisión.

No lo consentiré, mi general; ¿no me habéis permitido siempre, mientras estuve bajo vuestra orden, esquilar á mi gusto á los deudores, y doblar y triplicar las costas de las diligencias de prisión, costas cuya cobranza verificabais después con tanta actividad como si fuese cosa vuestra?

Íuifndp-Áorja^-

■Pero, este escaso diferente, amigo mió... y no permitiré... Os digo, mi general, que me humillariais si no me permitieseis

El, ALGUACIL BARRIGAS. . 28

ofreceros esa indagación sobre la señorita Alejandrina, como una prueba de. mi gratitud...

Pues, señor, no disputaremos masen punto á generosidad. Acep- taré ese servicio como una dulce recompensa de lo blando que be sido en nuestras relaciones y negocios.

Así lo deseo, mi general. Ved si puedo serviros en otra cosa; aquí debéis estar muy mal, siendo como sois tan amigo de las comodidades. Supongo que estaréis de pistola".

Seguramente; y be llegado á tiempo para alquilar el último cuarto que habia desocupado, porque los demás están comprendidos en la obra nueva que se bace en la cárcel. Instáleme en mi celdilla lo mejor que pude, y no me encuentro mal, porque tengo una estufa, una buena si- lla de brazos, hago tres comidas abundantes al día, digiero bien y me paseo y duermo perfectamente. Ya veis que no soy muy digno de lásti- ma, dejando á un lado la inquietud que me causa Alejandrina.

Pero para vos que sois lan goloso, general, la comida de la cárcel debe ser un triste recurso.

Si no contase con el tendero de comestibles de mi calle, á quien be hecho ganar cuanto tiene. . De dos en dos dias me trae lo mejor de la tienda, pues tengo cuenta abierta con él... Y ahora que hablamos de esto y que estáis dispuesto á servirme, decid de mi parte á la tendera, madama Michonneau, que, entre paréntesis, no tiene malos bigotes...

¡ Ah! calavera de los diablos!...

Vamos, compañero, no bay que echarlo á mal dijo el alguacil con cierta fatuidad no soy mas que un buen parroquiano y buen ve- cino. Decid pues á madama Michonneau que me ponga mañana en un canastillo un pastel de atún á la marinera, porque es justamente la sa- zón, y me hará echar un trago mas.

Me gusta la idea.

Y ademas que me envié un canastillo de vino compuesto con bor- goña, champaña y burdeos, como el último; ya sabe lo que quiero de- cir... y que añada dos botellas de coñac viejo de 1817, y una libra de moka puro acabado de tostar y moler.

Voy á apuntar el aguardiente para que no se me olvide dijo Bor- dón sacando la cartera del bolsillo.

Ya que escribís, amigo mió, apuntad también la colcha de pluma, y decid en mi casa que me la envien.

Todo lo ejecutaré ala letra, mi general. Ahora estoy sin cuidado en cuanto á vuestro alimento... ¿Pero os paseáis entre toda esa canalla?

Sí, y por cierto que es gente alegre y animada. Después de almor- zar bajo de mi cuarto, me paseo de patio en patio, y ando por entre ellos

"En cuarto particular; comodidad que se permite á los presos que pueden soportar este

j,.islo'.

IV. ¡.

2G LOS MISTERIOS DE PARIS.

tan contento y divertido. Hay algunos que parecen gente honrada, y otros hacen tales diabluras que no puede uno menos de reir. Los mas feroces se reúnen en un sitio que se llama la cueva de los leones. ¡Qué caras pa- lihularias, amigo mió! hay entre ellos uno llamado el Esqueleto, que en mi vida he visto figura semejante.

¡Qué nombre tan raro!

Es tan flaco y tan descarnado que no debe tomarse por un apodo; no he visto cara mas espantosa; y á esto se agrega que es preboste de su cuarto, destino que de derecho le compete, porque es el mas ende- moniado de todos... Apenas salió de presidio cuando volvió á robar y asesinar; y el último asesinato que hizo es tan horrible, que está per- suadido de que será condenado á muerte sin remisión ; pero se burla del patíbulo como Colin lampón.

¡ Qué bandido !

Todos los presos lo admiran y tiemblan delante de él. Yo procuré intimarme con él regalándole cigarros, y así es que se ha hecho amigo mió y me ensena el caló, en el cual hago grandes progresos.

¡Vaya un caso! ¡mi general aprendiendo el caló!...

Os digo que me divierto como en una romería; todos me adoran, y aun hay algunos que me tutean... Esto lo debo á que no soy soberbio, como un medio señorote llamado Germán, un descamisado que ni me- dios tiene para ponerse en la pistola, y la quiere echar de melindroso y de gran señor con esta gente del bronce...

Pero debe alegrarse mucho de que haya siquiera un hombre como vos para hablar con él, ya que tanto aborrece á los demás.

Ni siquiera se ha acordado de observar quien era yo ; mas aunque lo hubiese notado me guardaría bien de darle el lado. Como es el bati- dero de la cárcel, le ha de llegar su hora tarde ó temprano, y á fe mia que no tengo ganas de participar del odio que todos le profesan.

Tenéis razón.

Y se me aguaría la diversión... porque los paseos que doy entre los presos es una verdadera diversión... Solo noto una cosa, yes que no tie- nen gran concepto formado de mí, moralmente hablando. Ya veis que un simple abuso de confianza es un bicoca para esta familia ; y asi es que me miran como á un nadie, como dice Árnal.

En efecto, al lado de esos espadas del crimen... sois...

Un cordero pascual, amigo mió... Conque, no os olvidéis de mis encargos.

Descansad, mi general : Io la señorita Alejandrina; 2o el pastel de atún y el canastillo de vino ; 3o el coñac viejo de 1817, el café molido y la colcha de plumazón... todo vendrá á su hora. ¿Queréis algo mas?

¡Ah! sí... ya me olvidaba... ¿Sabéis en dónde vive M. Badinot?

¿El agente de negocios? sí.

Pues bien, entonces haced el favor de decirle que cuento con su

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EL ALGUACIL RAR1UGAS. 27

benevolencia para que me busque un abogado que me defienda cu re- gla, y que no pondré reparo en un billete de mil francos mas ó menos.

Veré á M. Badinot, mi general. Esia noche quedarán hechos todos los encargos, y mañana los tendréis aquí. Hasta luego, mi general.

Hasta luego, compañero.

El preso salió del locutorio por un lado, y el corchete por otro.

Compárese ahora el crimen de Picavinagre, reincidente, con el delito del alguacil Barrigas. Compárese la situación respectiva de ambos, y la necesidad que ha podido inducirlos al mal. Compárese en fin el castigo que los aguarda.

El presidario cumplido no ha podido ejercer el oficio que sabia al sa- lir de la prisión, porque en todas partes inspiraba desconfianza y temor; esperaba dedicarse á una profesión peligrosa y mortal, pero adecuada á sus fuerzas; mas este recurso le ha fallado. Rompe entonces su confina- miento, y vuelve á Paris con la esperanza de ocultar sus antecedentes y de hallar trabajo. Llega sin fuerzas y estenuado de hambre, descubre por casualidad que hay una cantidad de dinero en una casa inmediata, y ce- diendo á una tentación criminal, fuerza una ventana, abre una cómoda, roba cien francos y quiere huir.

Lo prenden, y será juzgado y condenado.

Como reincidente sufrirá quince ó veinte años de trabajos públicos. Sabe que lo espera esta pena formidable, y la merece.

La propiedad es sagrada. El que de noche rompe nuestra puerta y se apodera de lo que tenemos, debe sufrir un castigo terrible.

En vano alegará el culpable la falta de trabajo, la miseria, su situación escepcional, difícil é intolerable, y la necesidad que le impone su condi- ción de presidario cumplido... No importa; la ley es una; la sociedad, por su salud y reposo, quiere y debe estar armada de un poder sin lími- tes, y debe reprimir con mano fuerte é implacable todo ataque audaz contra la propiedad ajena.

Sí, este miserable, ignorante y embrutecido, este reincidente corrom- pido y despreciado ha merecido su suerte.

;„Pero qué suerte merecerá aquel que siendo inteligente, rico, ins- truido y rodeado de la estimación de todos, roba, no para comer, sino para satisfacer caprichos fastuosos, y para emprender especulaciones ilícitas?

No robará cien francos... robará cien mil francos... un millón...

No robará de noche arriesgando la vida, sino que robará tranquila- mente á la luz del dia y á vista de todo el mundo.

No robará á un desconocido, que haya confiado su dinero á la salva- guardia de una cerradura... sino que robará á un cliente que ha puesto forzosamente su dinero bajo la salvaguardia de la probidad del empleado público que la ley designa é impone á su confianza...

28 I, OS MISTERIOS DE PARÍS.

¿Qué castigo merecerá según esto el que en vez de robar una pequeña suma por necesidad... roba por lujo una suma considerable'?

¿No será una injusticia cruel el no imponerle mas pena que la que se aplica al reincidente, inducido á robar por la necesidad y la miseria?

¿Cómo aplicar á un hombre bien educado la misma pena que á un vagamundo? dirá la ley. ¿Cómo comparar un delito de buena sociedad con una infracción innoble?

¿Pero de qué se trata? preguntará por ejemplo el alguacil Barrigas de acuerdo con la ley.

« En virtud de la facultad que me confiere mi oíicio, he cobrado para vos esa suma de dinero, y luego la he disipado y malversado hasta el último óbolo... pero no vayáis á creer que la miseria me ha indu- cido á esta espoliacion. ¿Soy por ventura un mendigo ó necesitado? no por cierto, que tengo con qué vivir á mis anchuras. Sí, mis miras eran mas elevadas... Con vuestro dinero me he lanzado eri la esfera des- lumbradora de laespeculacion, y ¿hubiera podido doblar y triplicarla suma en provecho mió, si la fortuna me hubiese soplado... mas por desgracia me ha sido adversa, y tanto hemos perdido el uno como el otro.*. » La ley parece decirnos también : « ¿Tiene algo de común esta espo- liacion breve, limpia, caballerosa y hecha á la luz del dia, con esos ro- bos nocturnos, esa fractura de cerraduras y de puertas, esas llaves fal- sas, esas palancas, grosero y bárbaro aparato de .ladrones plebeyos y miserables?

¿No es distinta la pena y aun el nombre de ios crímenes cuando los cometen ciertas personas privilegiadas?

Un infeliz roba un pan á un panadero rompiendo un vidrio de una ventana... una criada roba un pañuelo y un luis de oro á sus amos : es- tos robos, llamados justamente robos con circunstancias agravantes y difamatorias, son de la competencia del tribunal del crimen. Y esto es muy justo, especialmente en el primer caso. El criado que roba á su amo es dos veces culpable, porque es una parte de la familia, tiene abierta la casa á todas horas, y hace indigna- mente traición á la confianza que se ha puesto en él ; y esta traición la castiga la ley de una manera infamatoria.

Repetimos que nada hay mas justo ni mas moral. Pero si unalguaciLo un funcionario público cualquiera, roba el dinero que forzosamente se le ha confiado por la ley, no solamente no asimila la ley este robo al robo doméstico ó al robo con fractura, sino que ni aun lo califica de robo.

De ninguna manera ; robo es una palabra demasiado brutal... No, señor; robo no... abuso de confianza, porque es una espresion mas deli- cada y decente, y se aviene mejor con la categoría social de los que se hallan espuestos á cometer este... delito... Porque esto se llama delito... crimen seria una palabra demasiado áspera.

EL ALGUACIL BARRIGAS. 29

Y ademas es preciso hacer la distinción importante de que el crimen compete al tribunal del crimen,

Y el abuso de confianza á la policía correccional.

¡ Oh, colmo de la equidad ! ¡oh, colmo de la justicia distributiva! cri- men es el del criado que roba un luis de oro, ó el del hambriento que rompe un cristal para robar un bocado de pan... y en este crimen en- tiende el tribunal del crimen.

Si un funcionario público disipa ó malgasta un millón, esto se llama abuso de confianza, y un simple tribunal de policía correccional entiende en el asunto.

De hecho y de derecho, y conforme á la lógica, a la humanidad y á la moral ¿se halla justificada por la desemejanza de criminalidad esta espantosa diferencia de las penas?

. ¿En qué se diferencia el robo doméstico castigado con una pena infa- matoria, del abuso de confianza castigado con una pena correccional? ¿Será acaso porque el abuso de confianza trae casi siempre consigo la ruina de las familias?

¿Qué viene á ser un abuso de confianza mas que un robo doméstico, mil veces agravado por sus espantosas consecuencias y por el carácter oficial del que lo comete ?

¿Y porqué será mas culpable un robo con fractura que un robo con abuso de confianza?

¿Cómo os atrevéis á declarar que la violación moral del juramento de no faltar jamas á la confianza que la sociedad está obligada á tener en vosotros, es menos criminal que la violación material de una puerta?

Sí, hay quien se atreve á declararlo...

Y hay una ley que así lo establece.

Sí; cuanto mas graves son les crímenes, cuanto mas comprometen la existencia de las familias, cnanto mas ofenden á la seguridad y á la mo- ral pública... menos castigo se les impone.

De suerte que cuanta mas instrucción é inteligencia tienen los. culpa- bles, y cuantas mas comodidades y consideraciones disfrutan, tanto mas indulgente es para con ellos la ley.

Y la ley reserva las penas mas terribles é infamatorias para los mi- serables que tienen á lo menos (no lo decimos por via de disculpa) por presteto la ignorancia, el embrutecimiento y la miseria en que se les ha sumergido.

Esta parcialidad de la ley es bárbara y profundamente inmoral.

Castigad desapiadamente al pobre si atenta contra los bienes de otro, pero castigad también sin piedad al funcionario público que atenta con- tra la fortuna de sus clientes.

Que no se oiga masa los abogados disculpar, defender y hacer que se ab- suelva (porque absolución es el condenarlos á tan leve pena) alas perso- nas culpables de tan infames espoliaciones, con razones análogas á estas ;

30 LOS MISTERIOS DE PAIUS.

« Mi cliente no niega que ha disipado las sumas de que se trata : bien conoce la espantosa desgracia en que su abuso de confianza ha sumido á una familia honrada ; pero es preciso tener presente que el carácter de mi cliente es arriesgado ; que le gusta meterse en empresas atrevidas, y que una vez entregado á tales especulaciones y cuando la fiebre de la ambición llega á dominarlo, entonces no guarda mas respeto á lo suyo que á lo ajeno. »

Lo cual ya se echa de ver que es sumamente consolatorio para los que se ven despojados, y ofrece una seguridad estrema á los que están espuestos á serlo.

Nos parece sin embargo que un abogado seria mal recibido por el tribuna] del crimen, si dijese :

« Mi cliente no niega que ha forzado los cajones de un escritorio para robar la suma en cuestión... Pero ¡cómo ha de ser!... le gústala buena vida ; adora á las mujeres, y no puede vencer su inclinación á las como- didades y al lujo ; de suerte que cuando lo devora esa sed de placeres, no hace la menor distinción entre lo suyo y lo ajeno. »

Y sostenemos la comparación exacta entre el ladrón y el despojador. Este no especula sino con esperanza de ganar, y solo desea esta ganan- cia para aumentar su fortuna y sus goces.

Reasumamos nuestro pensamiento.

Quisiéramos que por medio de una reforma legislativa, el abuso de confianza cometido por un funcionario público se calificase de robo y se asimilase, para lo mínimo de la pena, al robo doméstico, y para lo máximo al robo con fractura y reincidencia.

La compañía á que perteneciese el empleado público seria responsable de las sumas que hubiese robado en su categoría de depositario forzoso ó asalariado.

aquí, ademas, una especie de corolario de esta digresión... Des- pués de los hechos que vamos á citar, es inútil todo comentario.

Solo se nos ocurre pensar si vivimos en una sociedad civilizada, ó en una región de barbarie.

Se lee en el Boletín de los Tribunales del 17 de febrero de 1843, con motivo de una apelación hecha por un alguacil condenado por abuso de confianza :

« El tribunal, adoptando los motivos de los primeros jueces,

« Y atendiendo á que los escritos que el preso ha exhibido por pri- mera vez al tribuna], no pueden destruir ni aun debilitar los hechos que han sido probados ante los primeros jueces;

« Y atendiendo á que el preso, en su calidad de depositario forzoso y asalariado, ha recibido sumas de dinero para tres de sus clientes; y á que cuando estos pidieron que se las entregase, respondió á todos ellos con subterfugios y mentiras;

« Y atendiendo, en fin, á que ha mal\ersado y disipado sumas de di-

EL ALGUACIL BARRIGAS. 31

ñero en perjuicio de sus tres clientes ; que ha abusado de su confianza, y que ha cometido el delito previsto y castigado por los artículos 408 y 406 del código penal, etc. etc.,

« Confirma la condenación de dos meses de prisión y 25 francos de multa. »

Algunas líneas mas abajo se leia en el mismo diario del mismo dia :

« Cincuenta y tres años de trabajos públicos. El 13 de setiembre último se cometió un robo con escalamiento y fractura en una casa ha- bitada por los esposos Bresson, mercaderes de vino en el pueblo de Ivry.

« Algunas señales recientes indicaban que se había arrimado una es- cala cá la pared de la casa, y las dos hojas de la ventana del cuarto ro- bado, que decia á la calle, habian sido forzadas con mano vigorosa.

« Los objetos robados eran menos considerables por su valor que por su número ; consistían de unas ropas viejas, calzado viejo también, dos cacerolas agujereadas, y por enumerarlo todo, dos botellas de ajenjo blanco de Suiza.

« Estos hechos, imputados al sentenciado Tellier, habiendo sido ple- namente justificados, el señor abogado general requirió lodo el rigor de la ley contra el acusado, á causa especialmente de su estado de reinci- dente legal.

« Por tanto, habiendo pronunciado el jurado su veredicto sobre to- das las cuestiones, sin circunstancias atenuantes, el tribunal ha conde- nado á Tellier á veinte años de trabajo forzado y á la esposicion. »

De modo que para el funcionario público defraudador... dos meses de prisión.

Para el forzado ó presidiario cumplido reincidente... veinte años de

GALERAS Y LA ESPOSICION...

¿Qué podríamos añadir á unos bechos tan elocuentes por mismos, y que tan tristes reflexiones deben inspirar?...

Fiel á su promesa, el anciano celador habia llamado á Germán.

Luego que el alguacil Barrigas volvió á entrar en la prisión, abrióse la puerta del locutorio, entró en él Germán, y Alegría se halló solamente separada de su pobre protegido por una reja de alambre.

CAPITULO III.

FRANCISCO GEUMAN.

Las facciones de Germán carecían de regularidad, pero sn cara era en estremo interesante : en su figura distinguida, en su talle esbelto y en sus traeres sencillos y aseados, pues se reducían á un pantalón gris y ¡i una levita abrochada hasta el cuello, no se notaba la sórdida incuria á que generalmente se abandonan los presos ; y la blancura y limpieza de sus manos indicaban el cuidado de su persona, que contribuía á gran- jearle la aversión de los demás encarcelados, pues casi siempre anda unida la perversidad moral con la sordidez física.

Llevaba echado á un lado de la frente el cabello castaño, largo y na- turalmente rizado ; sus ojos de un hermoso azul anunciaban su fran- queza y su bondad, y aumentaban el melancólico aspecto de su semblante abatido, y su triste sonrisa una benevolencia y una tristeza habitual, porque, aunque joven, este desgraciado habia sufrido ya crueles pesa- dumbres. Seria imposible hallar una fisonomía mas triste, mas afectuosa y resignada, y un corazón mas honrado y leal que los de este joven.

La misma causa de su prisión (despojándola de las calumnias inven- tadas por el odio de Jaime Ferran) probaba la bondad de Germán y solo condenaba un momento de tentación y de imprudencia, culpables sin duda, pero pardonables si se atiende a que el hijo de madama Georges podia restituir á la mañana siguiente la suma que tomaba entonces de la caja del notario, para salvar al lapidario Morel.

Unalijera sufusion cubrió el rostro de Germán al ver al través de los alambres la cara fresca y encantadora de Alegría.

Esta fingió estar alborozada y contenta, según acostumbraba para ani- mar á su protegido; pero la pobre niña disimulaba mal el pesar y la in- quietud que sentia desde la prisión de su antiguo vecino.

Sentada en un banco al otro lado de la reja, tenia sobre el regazo un canastillo de paja.

El anciano celador, en vez de permanecer en el corredor, fué á sen- tarse cerca de la estufa que habia en un estremo de la sala, y al cabo de algunos momentos se quedó dormido.

FRANCISCO GERMÁN. 55

Según esto, Germán y Alegría podían hablar con toda libertad.

Vamos á ver, señor Germán dijo la griseta acercando cuanto pudo su hermoso rostro á la reja para informarse mejor del semblante de su ami- go— Veamos si está hoy de mi gusto esa cara... ¿Está menos triste?... ¡Jesús, qué noche !... cuidado, amigo... sino os enmendáis, me enfadaré.

¡Conque volvéis á visitarme hoy !... ¡qué buena sois!... ¡cuánto os lo agradezco !

¿Y me reprendéis por eso?

¿Y no debo reprenderos al ver cuanto os incomodáis por mí?... ¡por que nada puedo hacer por vos, mas que agradecéroslo !

Engaño, señor Germán; porque me agradan tanto como á vos las visitas que os hago... y por lo dicho también yo debiera estaros agrade- cida. Ahora os cojí en la trampa, señorito injusto... y estoy por casti- garos volviendo á tomar el camino con lo que traia para daros.

Conque otra atención... ¡Cómo me echáis á perder!... ¡Oh! gra- cias!... Perdonad, si repito tantas veces una palabra que os incomoda... pero apenas puedo deciros otra cosa...

En primer lugar no sabéis lo que traigo.

¿Y qué importa?

Pues os lleváis chasco...

Y aunque fuese así, ¿no viene de vuestra mano? ¿No me llena vuestra bondad incomparable de agradecimiento, y de?...

Germán no acabó la frase, y bajó los ojos.

¿Y de qué?.. repuso Alegría ruborizándose.

Y de... de lealtad murmuró Germán.

¿Y porqué no de respeto también, como al fin de una carta?... dijo Alegría con impaciencia. Me engañáis; no es eso lo que ibais á decir cuando os quedasteis con la palabra entre los dientes...

Os aseguro...

¿Qué me aseguráis? ¿no veo acaso por la reja como os ponéis co- lorado?... ¿No soy la misma de siempre, vuestra amiga, vuestra com- pañera? ¿Porqué no me habláis francamente? añadió con timidez la griseta, que solo aguardaba la confesión de Germán para decirle senci- llamente que lo amaba.

Honrado y generoso amor, inspirado por la desgracia de Germán.

Os aseguro dijo el preso con un suspiro que no he querido decir otra cosa... y que nada os oculto...

¡Mentira ! esclamó Alegría dando una patada en el suelo. Ya veis esta chalina de punto de lana que os traia (y la sacó del canastillo) ; pues bien, para castigaros por no ser franco conmigo, me la vuelvo á llevar... La habia hecho para regalárosla, porque dije para : « Debe hacer tanto frió y tanta humedad en aquellos patios de la cárcel, que á lo menos andará caliente y abrigado con una chalina de punto... y lue<?o es tan friolero...

:>i LOS MISTERIOS DE PARÍS.

¿Conque pensáis que?...

Sí, señor, sois muy friolento... dijo Alegría interrumpiéndole me acuerdo muy bien... á pesar de que siempre queriais, por delicade- za, impedirme que echase leña en la estufa cuando pasabais las noches en mi cuarto... ¡Oh ! sí, tengo buena memoria.

¡Y yo también demasiado buena!... dijo Germán con voz alte- rada, pasando la mano por los ojos.

Vamos, ya volvéis á poneros triste, siendo así que os lo tengo pro- hibido.

¿Cómo queréis que no sienta hasta llorar, cuando pienso en lo que babeis hecho por desde que estoven la cárcel?... ¿Y esa nueva aten- ción no debe acaso enternecerme? ¿No yo por ventura que tenéis que desvelaros de noche para venir á verme, y que por causa mia os imponéis un trabajo escesivo?

¡ Eso es ! tenedme lástima porque vengo de dos ó de tres en tres dias á visitar á mis amigos, siendo así que adoro el pasearme... No hay cosa que mas me divierta que ir viendo las tiendas por la calle.

¡Pero salir hoy con ese viento y esa lluvia!

Con tanta mas razón; mal sabéis las fachas que una encuentra por ahí adelante en dias como este. Unos se agarran al sombrero con las dos

FKANC1SC0 GE'KMAN. 35

manos para que no se lo lleve el huracán; otros, mientras que se les convierte el paraguas en tulipán, hacen visajes increibles, y cierran los ojos temiendo que los ciegue la fuerza del agua y del viento... Esta ma- ñana era una verdadera comedia por las calles, y venia determinada á haceros reir con lo que hahia visto... Pero ya se ve, estáis mas serio que un santo de piedra.

Perdonad, no es mia la culpa ; las impresiones que me causáis se convierten en una profunda ternura... Ya sabéis que ni aun siendo di- choso me rio... no lo puedo remediar...

No queriendo Alegría dar á conocer á Germán que participaba de su misma conmoción, procuró mudar al punto de conversación, y dijo :

Siempre me decís que no lo podéis remediar; pero hay muchas co- sas que podríais remediar... y que no hacéis, á pesar de que os lo he pe- dido y suplicado añadió Alegría.

¿De qué me habláis?

De vuestro empeño de no querer rozaros con los demás presos, ni hablar nunca con ellos... El mismo celador acaba de decirme que por vuestro propio interés deberiais mirarlo bien y ser mas sociable... y es- toy segura de que no os habéis enmendado... ¿No me respondéis? Ya veo que es predicar en desierto, y que no estaréis contento hasta que esa mala gente os haya hecho algún desacato.

Mal sabéis el horror que me inspiran... mal sabéis los motivos per- sonales que tengo para huir de ellos y para aborrocerlos...

¡Ah! sí, me parece que esos motivos... he leido los papeles que me habéis mandado recojer, y que he ido á buscar á vuestro cuarto... y por ellos he visto los peligros que habéis corrido en Paris por no ha- ber querido asociaros á los crímenes del malvado que os había criado... y á consecuencia del último lazo que os había armado, os habéis mu- dado de la calle del Templo para libraros de su persecución, y solo me habéis enterado á de vuestra nueva habitación... También he leido en los papeles otra cosa añadió Alegría ruborizándose otra vez y bajando los ojos; he leido cosas... que...

¡Ah! que nunca hubierais sabido, os lo juro esclamó con viveza Germán á no ser por la desgracia que me ha sucedido... Pero os su- plico que seáis generosa : perdonadme, olvidad esas locuras, porque en otro tiempo solo me era lícito recrearme con tales sueños, aunque in- discretos.

Por segunda vez habia procurado Alegría comprometer á Germán á hacer una declaración, aludiendo á los pensamientos llenos de ternura y de pasión que este habia escrito en otro tiempo y dedicado al recuerdo de la griseta, pues hemos dicho ya que siempre le habia inspirado un vehemente y sincero amor; mas para gozar de la intimidad cordial de s,u encantadera vecina, habia ocultado este amor bajo una aparente amistad.

Como el infortunio lo habia hecho mas tímido y suspicaz, no podia

36 LOS MISTERIOS DE PAK1S.

concebir el que Alegría pudiese tenerle un verdadero amor viéndolo preso y sujeto á las consecuencias de una terrible acusación, siendo así que antes de su desgracia solo le habia manifestado un alecto pater- nal.

Ahogó la griseta un suspiro al ver que German.no la habia compren- dido, y esperó una ocasión mas favorable para abrirle su corazón. Des- pués de un momento de indecisión, continuó :

¡Dios mió! bien conozco que la compañía de esos malvados debe causaros horror, pero no es ese un motivo para que os espongais á pe- ligros inútiles.

Os aseguro que acordándome de vuestros consejos, he intentado varias veces dirigir la palabra á los que me parecian menos criminales; ¡ pero si vierais qué lenguaje ! ¡ qué hombres !

¡Ah! no hay duda... eso debe ser horrible...

Pero lo mas horrible es que ya empiezo á acostumbrarme poco á poco, á pesar mió, á las conversaciones horribles que oigo todo el dia : sí, ahora ya escucho con indiferente apatía los horrores que en los pri- meros dias me llenaban de indignación ; de modo que ya empiezo á des- confiar de mismo esclamó con amargura.

¡Ah, señor Germán! ¿qué decís?

A fuerza de vivir en estos sitios horrendos, el ánimo se acostum- bra á pensamientos criminales, como el oido á las palabras torpes y gro- seras que sin cesar se profieren alrededor de uno. ¡ Ah, Dios mió! ahora concibo que puede uno entrar aquí inocente, aunque acusado, y salir pervertido...

¡ Sí, pero vos no, eso no !

Sí, yo, y otros que valgan mil veces mas que yo. ¡ Ah ! los que an- tes de juzgarnos nos condenan á vivir en tan odiosa compañía, ignoran lo doloroso y funesto de la situación en que nos ponen... Ignoran que el aire que aquí se respira llega á ser contagioso, y mortal para el honor...

¡ Oh ! callad ; me lastimáis el corazón.

Queríais saber la causa de mi tristeza, y ya la sabéis... No pensaba revelárosla... pero de algún modo he de agradecer la compasión que de tenéis.

Mi compasión... ¿qué compasión?...

Sí, nada quiero ocultaros... Pues bien, lo confieso con horror., no me conozco á mismo, y por mas que desprecio á esos miserables, su contacto va adquiriendo cierta influencia sobre mí, pues parece que tienen la virtud de viciar la atmósfera en que viven... Me parece que la corrupción se introduce por todos mis poros; y si me absolviesen de la falla que he cometido, la vista y el roce de las personas honradas me lle- narian de vergüenza y confusión. No solo he venido aquí para abur- rirme entre mis compañeros, sino para temer el dia en que volveré á

FRANCISCO CEKMAN. 37

encontrarme entre personas de honra y buenvivir... Sí, conozco mi de- bilidad.

¿Vuestra debilidad ?

Mi cobardía...

¿ Vuestra cobardía? ¡ Dios mió, que opinión tan injusta tenéis de vos mismo !

¿Y no es cobarde y culpable el que transige con sus deberes y con la probidad, como yo he hecho?

¡Vos!

Sí, yo... Cuando he entrado aqui no se me ocultaba la gravedad de mi falta, por mas disculpable que fuese. Sin embargo ahora me parece menor : á fuerza de oir hablar á estos ladrones y asesinos de sus críme- nes, de escuchar sus tropezas y de ver su orgullo feroz, me burlo á ve- ces de los remordimientos que me atormentan por un delito tan insig- nificante... comparado con las enormidades de ellos...

Y tenéis razón; vuestra acción, tan lejos de ser reprensible, ha sido laudable y generosa, porque estabais suguro de poder devolver al dia siguiente la cantidad que solo tomabais por algunas horas, para sal- var á toda una familia de la ruina, y acaso de la muerte.

Nada importa : á los ojos de la ley y de las personas honradas es un robo. No hay duda que es menos malo robar con ese objeto que con otro; pero bien podéis conocer que es un síntoma funesto el tener que compararse con quien vale menos para hallar una disculpa. Ya no puedo compararme con las personas de una conciencia sin mancha... y me veo obligado á compararme con los malvados con quienes vivo ; de modo que según veo la conciencia llega por fin á pervertirse y endurecerse con tales compañías. Mañana cometeria un robo, no con la intención de res- tituir la cantidad que robase para un fin laudable, sino por mera codi- cia, y me creería inocente al compararme con los que matan para ro- bar... y sin embargo hay ahora tanta distancia de á un asesino, como la que hay de á un hombre irreprensible. De modo que mi degrada- ción se disminuye á mis propios ojos, por la sola razón de que hay se- res mil veces mas degradados que yo. En lo venidero, en lugar de poder decir como otras veces : « Soy tan honrado como el hombre mas hon- rado, » me consolaré con decir : « ¡ Soy el menos degradado de los mise- rables entre quienes me veo condenado á vivir! »

¿Y cuando hayáis salido de aquí?

Por completa que sea mi absolución, toda esta gente me conoce; y cuando salgan de la cárcel, me hablarán siempre que me encuentren co- mo á un antiguo compañero de prisión; y aunque nadie sepa la injusta acusación que me ha conducido al tribunal del crimen, estos malvados me amenazarán con divulgar la noticia. Ya veis según esto que me hallo unido á ellos con lazos malditos é indisolubles... siendo así que si estu- viese solo en mi celda hasta que me juzgasen, sin conocerlos ni ser co-

38 LOS MISTERIOS Uli PARÍS.

nocido de ellos, no me atormentaría un recelo que puede paralizar las mejores resoluciones. Si me hallase solo y sin mas pensamiento que el de mi falta, esta se hubiera aumentado en lugar de disminuir á mis ojos ; y cuanto mayor me pareciese, mas grave y severa seria la expia- ción que me impondría; de suerte que cuanto mas delincuente me pa- reciese á mismo, tanto mas bien procuraría hacer en mi pobre esfe- ra... Son necesarias veinte acciones buenas para expiar una mala... ¿Pero pensaré ahora en expiar la que apenas me inspira el menor re- mordimiento?... No, lo conozco; conozco que voy cediendo á una in- fluencia irresistible, con la cual he luchado largo tiempo : he sido criado para el mal, y me entrego á mi destino; porque al fin, solo y sin fami- lia, ¿qué importa que mi destino se cumpla honrada ó criminalmen- te?... Y sin embargo mis intenciones eran buenas y puras... y por lo mismo que habían querido criarme para la infamia, sentiauna satisfac- ción profunda al decirme : « Jamas he faltado al honor, lo que quizá me ha sido mas difícil que á ningún otro... » Pero ahora... ¡Ah! esto es horroroso!... ¡espantoso !...

Esclamó el preso prorumpiendo en sollozos tan amargos, que Alegría se conmovió y no pudo contener el llanto.

La fisonomía de Germán espresaba un dolor tan acerbo, que nadie po- dría menos de conmoverse al ver su desesperación; la desesperación de un hombre honrado que luchaba con el temor de un contagio fatal, y cuyo peligro inminente se aumentaba en razón de su delicadeza.

¡ Sí, el peligro era inminente !

No olvidaremos nunca estas palabras de un hombre de rara inteligen- cia, á las cuales ha dado tanto peso una esperiencia de veinte años pa- sados en la administración de las prisiones :

« Admitiendo el que un hombre injustamente acusado entre puro é inocente en una prisión, saldrá menos honrado é inocente que cuando ha entrado. Lo que pudiera llamarse la primera flor de la honradez se marchita para siempre con aquel aire corrosivo... »

Debemos decir, sin embargo, que Germán, gracias a lo sano y robusto de su probidad, habia luchado por largo tiempo victoriosamente, y que mas bien presentía los amagos de una enfermedad que en realidad nopadecia.

El temor de que su falta fuese menos importante á sus propios ojos, probaba que aun conocía toda su gravedad; pero la turbación, las apren- siones y las dudas que agitaban su alma honrada y genrosa eran sin em- bargo síntomas alarmantes.

Alegría, guiada por la rectitud de su entendimiento, por su sagacidad femenil y por el instinto de su amor, adivinó lo que acabamos de decir.

Aunque bien persuadida de que su amigo no habia perdido su delica- deza y probidad, temia qué á pesar de su escelente inclinación natural llegase á mirar con indiferencia lo que entonces le causaba tan acerbo dolor.

FRANCISCO GERMÁN. 59

Limpió las lágrimas, y dirigiéndose á Germán, que tenia la frente ar- rimada a la reja, le dijo con un acento conmovido, serio y casi solemne, que Germán no le habia conocido hasta entonces :

Oidme, Germán ; acaso me esplicaré mal, porque no hablo tan bien como vos ; pero lo que voy á deciros es justo y sincero. En primer lugar no tenéis razón para quejaros de que os halláis aislado y abandonado de todos...

¡Oh! no creáis que me olvido de la piedad con que me miráis!...

No he querido interrumpiros hace un rato cuando habéis hablado de piedad... mas ya que repetís esa palabra, debo deciros que no es pie- dad lo que me inclina á serviros y quereros... Yoy á esplicaros esto lo mejor que pueda.

Cuando éramos vecinos os amaba como á un buen hermano y como á un huen compañero; me haciais algunos servicios, y yo os hacia otros ; me llevabais los domingos á participar de vuestras distracciones, y yo para agradecéroslo procuraba estar alegre y contenta... de modo que nada nos debíamos el uno al otro...

¡Nada nos debíamos! ¡oh!... no... yo...

Dejadme hablar. Cuando dejasteis la casa en que vivíamos, vues- tra separación me ha causado mas pena que la de los otros vecinos.

¿Seria posible?

Sí, porque los otros eran unos turuluques á quienes debia menos consideración que á vos, y ademas no se habían resignado á ser mis com- pañeros hasta que les repetí cien veces que nunca serian otra cosa... al paso que vos, Germán, habéis adivinado al instante lo que debíamos ser el uno para el otro.

Sin embargo pasabais á mi lado todo el tiempo de que podíais dispo- ner... me habéis enseñado á escribir... me habéis dado buenos conse- jos... y algo serios, porque eran buenos; finalmente, habéis sido el mas afectuoso de mis vecinos, y el único que nada me ha pedido en re- compensa... Pero aun hay mas : al salir de la casa me habéis dado una prueba grande de confianza, y no puedo menos de envanecerme al ver que confiabais un secreto de importancia á una chica de tan pocos años como yo. Por eso, aunque estabais separado de mí, os tenia mas en la memoria que á ninguno de los otros... Lo que os digo es la pura verdad, pues ya sabéis que nunca miento.

¿Seria posible que me distinguieseis de los demás?

Seguramente, os he distinguido; solo teniendo mal corazón podria dejar de hacerlo. Y así es que decia para : No hay hombre mejor que el señor Germán... aunque tiene aquello de ser algo serio... Pero no im- porta; si tuviese una amiga mia que tomar estado para mejorar su suerte y ser dichosa, le aconsejaría que se casase con el señor Germán... por- que seria el paraíso de una buena muchacha casada.

¡Y os acordabajs de mí... para otra!... esclamó Germán invo- luntariamente.

40 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

Sí, rne hubiera alegrado de veros hacer un buen casamiento, por- que os quería como á un buen compañero. Ya veis que soy franca y que nada os oculto.

Y os lo agradezco con loda mi alma : es un consuelo para el saber que me preferíais entre todos vuestros amigos.

Eso era lo que pasaba cuando sucedió vuestra desgracia... Entonces recibí la carta en que me informabais de eso que llamáis vuestra falla; falta que yo, que no soy muy entendida, tengo por una buena acción ; y entonces me habéis rogado también que fuese á vuestro cuarto para re- cojer los papeles que me han hecho ver que siempre me habíais amado sin atreveros á decírmelo. En esos papeles he leído (al llegar aquí Ale- gría no pudo contener las lágrimas) que acordándoos de que una enfer- medad ó la falta de trabajo podia reducirme á la miseria, me dejabais, si llegabais á morir de muerte violenta como temiais, lo poco que ha- bíais ¡untado á fuerza de trabajo y de economía...

Sí, porque si viviendo yo os hubieseis encontrado enferma ó sin trabajo, os hubierais dirigido á mas bien que á otro alguno. A lo me- nos así lo esperaba yo. Decid ¿no es verdad?

Naturalmente... ¿\ á quién babia de recurrir sino á vos? ¡ Ah ! ¡ qué palabras tan dulces ! ¡ cuánto me consuelan !

No puedo espresaros lo que he sentido al leer aquel testamento... ¡ qué palabra tan triste!... En cada línea hallaba un recuerdo de y un pensamiento de mi porvenir ; y sin embargo no debia saber estas pruebas de vuestro afecto hasta que hubieseis dejado de existir. ¡Cómo ha de ser ! y habrá quien estrañe el que uno sienta el amor al ver una conducta tan generosa... siendo así que no hay cosa mas natural... ¿no es verdad, señor Germán?

La joven dijo estas últimas palabras con una sencillez tan franca y en- cantadora, clavando sus grandes ojos negros en los de Germán, que este no la comprendió desde luego, pues estaba muy lejos de creerse amado de Alegría. Sin embargo eran estas palabras tan claras y precisas que resonaron en el alma del preso, él cual se ruborizó, se puso descolo- rido, y por último esclamó :

¿Qué decís? No puedo creer... ¡oh! ¡Dios mió!... Puede ser que me engañe... yo...

Digo que desde el momento en que he visto que erais tan bueno para y que erais tan desgraciado, os amé, pero no como á un com- pañero... y si ahora quisiese casarse una de mis amigas... añadió Alegría sonriendo y con el rostro encendido no le aconsejaría que se casase con vos... señor Germán.

¡Pero me amáis!... ¡me amáis!...

Preciso es que os digayo, ya que nada me preguntáis.

¡ Seria posible !

No es mía la culpa, pues bien claro hablé dos veces para que lo

FRANCISCO GERMÁN. 41

entendieseis... Ya se ve, el señorito no entiende á media palabra, y es preciso confesarle estas cosas... Puede ser que no haga bien ; pero como solo vos podéis reñirme por mi descaro, tengo menos miedo... Y por otro lado añadió Alegría en tono mas serio y algo conmovida me pareció hace un rato que estabais tan afligido y desesperado, que no he podido contenerme; y tuve el amor propio de creer que esta confesión, hecba francamente y de todo corazón, impediría que fueseis desgraciado en lo venidero. Y dije para : ílasta ahora no he tenido fortuna en mi empeño de distraerlo y consolarlo... Mis golosinas le quitan el apetito, y mi alegría le hace llorar; á lo menos esta vez... ¡ Ay, Dios mió !... ¿qué tenéis? esclamó Alegría viendo á Germán cubrir la cara con las ma- nos. — ¡ Caramba! esto que es cruel!... por mas que bago y que digo, no hay modo de haceros entrar en razón : eso es ya ser demasiado malo y demasiado egoista... ¡no parece sino que sois solo á padecer!

¡ Ah ! ... ¡ qué desgracia la mia ! ! ! esclamó Germán desesperado. ¡ Me amáis... cuando ya no soy digno de vos!

¿Que ya no sois digno de mí? ¡ qué disparate ! eso no tiene sentido común. Viene á ser lo mismo que si os dijese en otro tiempo que no era digna de vuestra amistad, porque habia estado en la prisión... porque al fin también yo he estado presa... ¿y soy por eso menos honrada?

Pero habéis estado en la prisión porque erais una pobre niña aban- donada... y yo... ¡Dios mió... qué diferencia!

En fin, en cuanto ala prisión nada tenemos que echarnos en cara. Yo que soy una ambiciosa... pues no deberia pensar en casarme á no ser con un menestral. Soy una niña espósita y abandonada, y aunque no tengo mas propiedad que mi cuartito y mi valor para trabajar ,. me atrevo á proponeros que os caséis conmigo !

¡ Ah ! en otro tiempo hubiera sido la delicia, la felicidad de mi vida... pero ahora... yo... sujeto á una acusación infamante... seria abusar de vuestra admirable generosidad... de vuestra piedad, que acaso os alu- cina!... no... no...

¡Pero, Dios mió! esclamó Alegría con dolorosa impaciencia os he dicho ya que no es piedad lo que os tengo, sino amor. De nada me acuerdo sino de vos, y ni duermo, ni como, ni descanso. Vuestro sem- blante benigno y triste me sigue á todas partes... ¿Es esto teneros com- pasión? y cuando me habláis, vuestra voa me resuena en el corazón : ahora descubro en vos mil cualidades que me encantan y me enamoran, y que antes no habia observado... Me gusta vuestra cara, vuestros ojos, vues- tro talle, me gusta vuestro entendimiento y vuestro corazón... ¿es esto también piedad? ¿Porqué os amo ahora como á un amante, después de haberos querido como amigo? yo no lo sé! ¿Porqué andaba tan gozosa y tan alegre cuando os quería como amigo... y porqué ando tan alelada desde que os amo como amante?... tampoco lo sé... ¿Porqué no he visto en tanto tiempo que erais tan bueno y tan hermoso... y porqué no os

iv. o

42 LOS MISTERIOS DE PAKIS.

amé hasta ahora por los ojos y por ol corazón?... tampoco lo se espli- car... Pero sí... lo sé... os amo porque he dscnbierto cuanto me ama- bais sin habérmelo dicho jamas... porque he conocido que sois generoso y leal... y entonces el amor me subió del corazón á los ojos, como sube una ardiente lágrima cuando nos enternecemos.

¡ Me parece que estoy soñando !

Nunca me hubiera creído capaz de deciros esto; pero vuestra des- psperacion me ha obligado. Vaya pues, señor Germán ; ahora que sabéis que os amo como á mi amigo, como á mi amante, como á mi esposo... ¿diréis aun que es piedad?

Los generosos escrúpulos de Germán se desvanecieron por un momento al oir esta declaración sencilla y valerosa. Un gozo inesperado lo arrancó de su dolor.

¡ Me amáis ! esclamó. ¡Os creo; vuestro acento, vuestros ojos... todo me lo prueba ! no quiero preguntar cómo he merecido tanta felici- dad, y quiero entregarme á ella ciegamente. ¡Mi vida, mi vida toda no bastará para pagaros lo que os debo! ¡Ah! he padecido mucho... pero este momento borra todas mis penas !

Por fin... estáis consolado... ¡Oh! bien segura estaba de que lo conseguiria! esclamó Alegría en un acceso de gozo encantador.

¿Es posible que en medio de los horrores de una prisión, cuando todo se conjura contra mí, una felicidad tan grande?...

Germán no pudo concluir.

Este pensamiento le trajo á la memoria la realidad de su situación: los escrúpulos que habia olvidado por un momento, volvieron á acome- terlo con mas crueldad que nunca, y dijo con desesperación :

¡Pero estoy preso... acusado de ladrón... y acaso seré condenado y deshonrado! ¿Y podria aceptar vuestro noble sacrificio... y aprove- charme de vuestra generosa exaltación?... ¡oh! nunca!... ¡nunca! no llega á tanto mi infamia !

¿Qué decís?

Puedo ser condenado... á años de prisión...

¿Y qué? repuso Alegría con firmeza y serenidad verán que soy una muchacha honrada, y nos permitirán casarnos en la capilla de la cárcel...

Pero pueden destinarme á una cárcel lejos de Paris...

En siendo vuestra mujer os seguiré; me estableceré en el pueblo en que os halléis, y buscaré trabajo é iré á veros todos los dias.

Pero todos me tendrán por un hombre sin honra...

¿Me amáis? ¿no me amáis mas que todos?

¿Y aun me lo preguntáis?

¿Entonces, qué os importa?... Lejos de parecerme deshonrado, os miraré como un mártir de vuestro buen corazón.

•—Pero el mundo os condenará y calumniará vuestra elección...

FRANCISCO GERMÁN. 45

¿El mundo? el inundo sois vos para mi y yo para vos : que digan lo que quieran...

En fin, cuando salga de la prisión haré una vida precaria y mise- rable, y despreciado de todos acaso no hallaré en qué ocuparme... y ade- mas, si esa corrupción que lemo se fuese apoderando de ¿qué porve- nir seria el vuestro?..., ¡ oh! esta idea es horrorosa!...

No, no os pervertiréis; porque ahora sabéis que os amo, y este pensamiento os dará fortaleza para repelerlos malos ejemplos... tendréis presente que aun cuando todos os deprecien al salir de la prisión, vues- tra mujer os recibirá con amor y gratitud, bien segura de que no habréis perdido vuestra honradez. Os sorprende el oirme hablar de este modo, ¿no es verdad? también me sorprende á mí... No de donde saco lo

que os estoy diciendo... pero sin duda me sale del alma... Esto debe convenceros, porque sino, si despreciáis la oferta que os hago... si no aceptáis la oferta de una pobre muchacha que...

Germán interrumpió á Alegría en un acceso de amorosa embriaguez.

¿Qué decís? acepto... sí, acepto; conozco que es una cobardía el no admitir ciertos sacrificios, y que el no aceptarlos equivale á recono- cerse indigno de ellos. Sí, acepto, noble y generosa niña.

¿l)e veras? ¿habláis de veras esta vez?

Os lo juro... sí, porque me habéis dicho una cosa que me ha lle- gado al corazón, y me ha dado el valor que me faltaba.

¿Qué os dicho, Germán?

Que por vos deberia conservarme honrado... Sí, este pensamiento me inspirará la fuerza suficiente para resistir á la influencia detestable que me rodea... y evitaré el contagio, y conservaré digno de vuestro amor este corazón que os pertenece !

¡ Ah ! Geiman, cuan dichosa seré si recompensáis de ese modo lo poco que he hecho por vos.

Pero, aunque disculpéis mi falta, no me olvidaré de su gravedad... Mi único anhelo será en lo futuro expiar lo pasado y merecer la dicha que os debo... y para conseguirlo haré todo el bien que pueda... pues nunca falta la ocasión de hacerlo ni aun á los mas pobres.

¡Ah! tenéis razón; siempre se encuentran personas mas desgra- ciadas...

Y á falta de dinero...

Se dan lágrimas, como hacia yo con los de Morel...

Y es una limosna santa : La caridad del alma vale lanío como la que da el pan.

En fin, aceptáis el amor que os ofrezco... ¿no os volveréis atrás?

¡ Oh ! ¡ nunca jamas, amiga y esposa mia! Ya vuelvo á tener valor, me parece que despierto de una pesadilla, y ya no desconfio de mis- mo : sí, vivia en un error, estaba engañado. Mi corazón no latiría como late, si hubiese perdido su noble energía.

l,í

LOS MISTERIOS DE PAHIS.

¡Oh! Germán, qué bien, qué hermoso me parecéis ni hablar así... y cuánto me tranquilizáis, no con respecto á mí, sino con respecto á vos mismo! Ahora que contais con el auxilio de mi amor, ya no temeréis hablar con esos malvados para no escitar su furia contra vos... ¿no es verdad que me lo prometéis?

Sí, vivid segura... Al verme triste y abatido, creerían sin duda que era efecto de mis remordimientos; pero al verme sereno y gozoso, pen- sarán que ya me ha invadido su cinismo.

Es verdad, y yo viviré tranquila sabiendo que ya no les inspiráis nin- guna sospecha. ¡Cuidado! no cometáis ninguna imprudencia... ahora me pertenecéis, porque sois mi marido y yo soy vuestra esposa.

Oyóse eu esto el ruido que hizo al dispertar el celador.

¡ Pronto! dijo en voz baja Alegría con una sonrisa llena de gra- cia y de púdica ternura. Pronto, esposo mió; dadme en la frente un beso bien dado al través de la reja... serán nuestros esponsales.

Y con la cara encendida de rubor arrimó la frente á los alambres de

la

reja.

Germán, profundamente conmovido, aplicó los labios á aquella tersa y blanca frente, en la cual cayó una lagrima del preso... Bautizo interesante de un amor casto y melancólico.

Hola! ¡hola! son ya las tres dijo el celador levantándose y

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FRANCISCO GERMÁN. 4í>

los visitadores deben salir á las dos. Vamos, señorita añadió dirigién- dose á Alegría lo siento, pero es preciso que os vayáis.

¡ Oh ! gracias, señor, por habernos dejado hablar solos. He animado á Germán para que no vuelva á andar pesaroso, y no tendrá nada que te- mer de esos malvados. ¿No es verdad, amigo mió?

Os lo he prometido dijo Germán sonriendo y seré de aquí en adelante el mas alegre de la cárcel...

Si así lo hacéis no volverán á acordarse de vos dijo el celador.

Aquí está una corbata que he traído para Germán, señor celador repuso Alegría; ¿la dejaré en la'alcaidía?

Es la costumbre; mas ya que he quebrantado el reglamento, una infracción mas ó menos no quita ni pone.s. Vamos, dadle vos misma el regalo para que el dia sea completo.

Y el celador abrió la puerta del locutorio.

Este buen señor tiene razón : el dia será completo dijo Germán recibiendo la corbata de las manos de Alegría, que estrechó entre las suyas. Adiós, hasta luego. Ahora ya no recelo pediros que vengáis á cada paso...

Ni yo prometéroslo. Adiós, Germán.

Adiós, amiga de mi alma.

¡Cuidado, no os quitéis del cuello mi corbata, porque el tiempo está tan frió y tan húmedo!...

¡Qué hermosa corbata! ¡Cuando pienso que la habéis hecho para mí! ¡Oh! no me la quitaré del cuello, no! dijo Germán llevándola á los labios.

Ahora espero que tendréis apetito ¿verdad? ¿Queréis mi regalito?

Seguramente ; esta vez no lo dejaré desairado.

Entonces, señor goloso, ya veréis lo que es bueno... Vaya, adiós otra vez... Gracias, señor celador; hoy me vuelvo tranquila y contenta. Adiós, Germán.

¡Adiós, esposa de mi corazón; hasta luego!...

¡ Hasta siempre ! , . .

Calzada con chanclos y armada de un paraguas salió de la prisión Ale- gría algunos momentos después, mas contenta y satisfecha que cuando habia entrado.

Durante el coloquio de Germán y de la griseta habian sucedido otras escenas en uno de los patios de la cárcel, á donde conduciremos al lector.

EUSTÁCHfTLWMf-

IV.

LA CliEVA DE LOS LEONES.

Aunque nada siniestro hay en el aspecto material de un vasto edificio de inclusión, construido con todas las condiciones de salubridad y bie- nestar que reclama la humanidad, el aspecto de los presos produce un efecto contrario.

Un sentimiento de tristeza y de piedad se apodera generalmente de los que se ven en medio de una multitud de mujeres, al pensar que aquellas desgraciadas son casi siempre inducidas al mal, no tanto por su propia voluntad, como por la influencia perniciosa del primer hom- bre que las ha seducido.

Y ademas, las mas criminales conservan siempre en el fondo del alma dos santos resortes, que jamas llegan á romperse enteramente á impulso de las pasiones mas detestables y fogosas... estos resortes son el amor

Y LA MATERNIDAD.

El nombrar el amor y la maternidad equivale á decir, con respecto á estas miserables criaturas, que alguna inspiración pura y suave puede iluminar aun las densas tinieblas de su corrupción profunda...

Mas con respecto á los hombres, tales como los forman y echan de las cárceles, no tiene esta circunstancia ninguna aplicación... En ellos

LA CUEVA DE EOS LEONES. 47

es el crimen una masa de bronce que solo puede encandecerse al fuego de pasiones infernales.

Así es qe al ver esos criminales de que se hallan atestadas las prisio- nes , sentimos una impresión de espanto y de horror; y solo la reflexión puede inspirarnos ideas compasivas, aunque mezcladas cor una profunda amargura.

, con profunda amargura... porque conocemos que la siniestra po- blación de las cárceles y presidios , esa horrible y sangrienta cosecha del verdugo, germina siempre en el fango de la ignorancia, de la miseria y del embrutecimiento.

Para que el lector pueda comprender mejor esta impresión de horror y de espanto de que hablamos, entrará con nosotros en la Cueva de los Leones.

Este era el nombre de uno de los palios de la cárcel.

En él se reunían de ordinario los presos mas peligrosos por sus ante- cedentes, por su ferocidad y por la gravedad de las acusaciones á que estaban sometidos. Sin embargo se babian reunido con ellos temporal- mente otros varios presos á causa de la obra urgente que se habia em- prendido en uno de los edificios de la Fuerza.

Estos , aunque sometidos también á la jurisdicción del tribunal del crimen, eran casi personas honradas, comparados con los huéspedes ordinarios de la Cueva de los Leones.

Un cielo sombrío, encapotado y lluvioso daba una luz crepuscular á la escena que vamos á describir, y que tuvo lugar en un gran patio cua- drilátero rodeado de altas paredes, en las cuales habia varias Arentanas enrejadas.

A uno de los estreñios del palio habia una puerta con postigo; y al otro estremo la entrada de una gran sala embaldosada, en medio de la cual se veia una estufa de hierro fundido rodeada de bancos de madera, en donde se hallaban tendidos y recostados varios presos, conversando entre sí.

Otros, prefiriendo el ejercicio al reposo, paseaban por el patio en filas muy cerradas de cuatro ó cinco de frente, y cogidos del brazo.

Seria necesario el pincel enérgico y sombrío de Salvador y de Goya para pintar las diversas clases de fealdad física y moral, y para esponer la odiosa variedad de los trajes de aquellos desgraciados cubiertos por la mayor parte de miserables andrajos; pues no siendo aun mas que acusa- dos, es decir presuntos reos, no llevaban el vestido de las cárceles centra- les. Sin embargo algunos lo llevaban ya, porque el vestido con que ba- bian entrado en la prisión era tan sucio é infectado, que después del baño acostumbrado a se les habia dado la chaqueta y el pantalón de paño burdo gris, que gastan los sentenciados.

a Por una escálenle medida higiénica, lodo preso es conducido ¡í su llegada, y en lo sucesivo dos veces, á la sala de baños de la prisión, y se da una fumigación á su ropa. El baño calicnle es un ramo de lujo inaudito para un artesano.

íS LOS MISTERIOS DE PAIUS.

Un frenólogo hubiera observado con atención aquellas caras descar- nadas y curtidas, con frentes chatas y aplastadas, mirar feroz é insidioso, bocas grandes y desproporcianadas, y anchas y enormes nucas : en casi todos ellos se descubria alguna semejanza bestial.

En las astutas facciones de algunos se observaba la pérfida sutileza de la zorra ; en las del otro la rapacidad sanguinaria del ave de rapiña ; en otro la ferocidad del tigre; en otros en fin la estupidez animal de una bestia.

La marcha circular de esta chusma de seres silenciosos, de aspecto odioso, de reir insolente y cínico, apretándose los unos á los oíros en el I oiido de aquel patio que parecia una especie de pozo cuadrado, ofrecia un espectáculo siniestro...

Horror causaba el pensar que aquella horda feroz se lanzaría, al cabo de un tiempo dado, en medio de la sociedad á la cual habia decla- rado una guerra implacable.

¡ Cuántas venganzas sanguinarias, cuántos proyectos destructores se ocultan bajo aquellos semblantes sardónicos é impenitentes ! ! !

Bosquejemos algunas de las fisonomías mas notables de la Cueva de los Leones.

Mientras que un celador vigilaba á los que se paseaban, se celebraba un conciliábulo en la sala ó calefactorio de que hemos hablado.

Entre los presos que asistían á este conciliábulo se hallaban Barbillon y Nicolás Marcial, de los cuales solo hablaremos por mero recuerdo.

El que parecia presidir y dirigir la discusión, era un preso llamado el Esqueleto a, cuyo nombre se ha oido pronunciar muchas veces en la casa de los Marciales en la isla del Ravageur.

El Esqueleto era preboste ó capitán del calefactorio.

Este hombre era bastante alto, de edad de unos cuarenta años, y su flacura casi osteológica, de la cual seria imposible dar una idea, justifi- caba el sobrenombre por que era conocido.

Si en la fisonomía de los compañeros del Esqueleto habia mas ó me- nos analogía con la del tigre, del buitre y de la zorra, la forma de su

« Un escrúpulo se nos ocurre en este particular. Un desdichado llamado Decure, culpable únicamente de vagamundería, ha sido condenado este año á un mes de prisión : hacia en efecto el papel de esqueleto ambulante á causa de su increihle y espantosa extenuación. Como este tipo nos ha parecido curioso hemos querido adoptarlo ; aunque el verdadero esqueleto no tiene nin- guna semejanza con nuestro personaje ficticio. He aquí un fragmento del interrogatorio de De- cure :

El presidente : ¿Qué haciais en el distrito municipal de Maisons cuando se os ha prendido?

R. Según mi profession de esqueleto ambulante , hacia toda especie de ejercicios para di- vertir íí la genle; reduzco mi cuerpo al estado de esqueleto ; doy la figura que quiero á mis hue- sos y músculos ; como el arsénico, el sublimado corrosivo, los sapos, las arañas, y en general todos los insectos; como también las brasas de fuego, bebo el aceite hirviendo y me lavo eon él. Los médicos mas célebres de París, como los señores Dubois y Orfila, me llaman á Paris a lo menos una vez cada año, y hago delante de ellos mil esperimentos con mi cuerpo, etc., etc.

(liulletin des Tribunaux.)

LA CUEVA DE LOS LEONES. 49

frente recedenle, y de su cara huesosa, larga y aplastada, sostenida por un pescuezo desmesuradamente largo, traia á la memoria la cabeza de la serpiente.

Una completa calvez aumentaba esta odiosa semejanza; porque bajo la piel arrugada de su cráneo chato como el de un reptil, se distinguían las menores protuberancias y las menores coyunturas de su cabeza. Para formar una idea de su rostro imberbe, lo compararemos á un pergamino viejo pegado á los huesos de su cara y muy poco estirado desde los jua- netes hasta los ángulos de la mandíbula inferior, cuya junta se veia distintamente.

Los ojos pequeños y bizcos estaban tan sepultados entre el arco de las cejas y los juanetes, que en medio de ambas prominencias se veian dos ór- bitas llenas de sombra, de modo que á corta distancia los ojos desapa- recían en dos cabidades sombrías, como los agujeros que tan fúnebre aspecto dan á la cabeza de un esqueleto. Un sonreír diabólico y habitual descubría sus largos y descomunales dientes, y se distinguían perfecta- mente las prominencias mandibulares bajo la piel curtida de sus mejillas hundidas.

La fuerza de este hombre era estraordinaria, aunque sus músculos se hallaban casi reducidos al estado de tendones ; y así es que los mas fuer- tes resistían con dificultad la presión de sus largos brazos y de sus dedos descarnados.

Parecía la presión de un esqueleto de hierro.

Llevaba una especie de blusa azul muy corta, que dejaba ver (y en ello tenia su vanidad) dos manos nudosas y la miiad anterior del brazo, ó por mejor decir dos huesos (el radius y el cubitus, y perdónenos la anatomía), dos huesos envueltos en una piel áspera y ennegrecida, sepa- rados por una profunda cavidad, en la cual serpenteaban algunas venas duras y secas como cuerdas.

Cuando ponía las manos sobre una mesa, parecía que echaba sobre ella una porción de muñecos, según una metáfora bastante acertada de Picavi- nagre.

El Esqueleto, después de haber pasado en galeras quince años de su vida por causa de robo y tentativa de asesinato, habia huido del punto en donde estaba bajo la vigilancia de la policía, y se le habia cogido en fragante delito de robo y homicidio.

Las circunstancias de este último asesinato tenian tal carácter de fe- rocidad, que el bandido, en vista de su reincidencia, se consideraba ya con razón condenado á muerte.

La influencia que el Esqueleto ejercía sobre los demás presos por su fuerza, por su energía y su perversidad, habían inducido al director de la prisión á nombrarlo preboste del dormitorio; es decir que el Esque- leto estaba encargado de la policía de su sala, y de lodo lo que respecta al orden, y al aseo de la habitación y de las camas. Desempeñaba per-

50 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

ledamente eslas funciones, sin que ningún preso se atreviese á faltar al

cuidado y á los deberes de que era superintendente.

Los directores mas inteligentes de la prisión ( ¡ cosa estraña y signifi- cativa!) después de haber conferido las facultades de que hablamos á los presos que creían dignos de ellas por su honradez, han tenido que renunciar á esta elección, que era sin embargo lógica y moral, y que buscar los prebostes entre los presos mas perversos y temidos, viendo que eran los únicos que ejercian una influencia positiva sobre sus com- pañeros.

Porque sucede, lo repetimos, que cuanto mas cinismo y audacia manifiesta un criminal, mas consideración y respeto merece entre los suyos.

¿No es este hecho, probado por la experiencia y sancionado por la elección forzosa de que hablamos, un argumento irrefragable contra el vicio de la reclusión en común?

¿No demuestra con absoluta evidencíala intensión del mortal con- tagio que se apodera de los presos, cuya rehabilitación moral podria es- perarse todavía?

En efecto ¿quién pensaría en arrepentirse y enmendarse, al ver que en aquel pandemonio, en donde hay que pasar muchos años, ó acaso la vida entera, se mide la influencia y el valor de cada uno por el número y gravedad de los crímenes que ha cometido ?

¿Se ignora por ventura que para el preso no existen ya ni el mundo esterior ni la sociedad honrada ?

Indiferente á las leyes morales por que se rigen, contrae necesaria- mente las costumbres de los que le rodean ; y como todas las distincio- nes de la cárcel se reservan para la superioridad del crimen, se inclinai\á inevitablemente hacia esta feroz aristocracia.

Volvamos al Esqueleto, preboste de la sala, que hablaba con varios presos, entre los cuales se hallaban Barbillon y Nicolás Marcial.

¿Estás seguro de lo que dices? preguntó el Esqueleto á Nicolás.

Sí, sí, repito que sí... El tio Miguel lo supo por el Cojo Gordo, que ya una vez ha querido matar á ese perillán... porque ha buhado ° á al- guno...

Entonces es menester comerle las narices... para que no olfatee, añadió Barbillon. Ya dijo el Esqueleto que era preciso dar un buen julepe á ese mandria de Germán.

El preboste se quitó por un momento la pipa de la boca, y dijo en voz tan baja, ronca y socarrona que apenas se le oía :

Germán nos fastidiaba con su aire de florido ", y hacia al bucanó c, porque cuanto menos se habla mas se escucha. Para hacerlo salir de la

(enunciado, '' Srííni' rico. '' Espía.

LA CUEVA DE LOS LEOINES. 51

Cueva de los Leones era preciso sangrarlo... y así se le baria cojer ¡as del martillado a.

¿Y entonces qué hay de nuevo para que no lleve su merecido? preguntó Nicolás.

Hay de nuevo repuso el Esqueleto que si ha buhado, como dice el Cojo Gordo, no sanará con una sangría...

¡ Acabáramos ! dijo Barbillon.

Es preciso hacer un ejemplar... dijo el Esqueleto animándose poco á poco.— Ahora ya no es la policía quien nos descubre, sino los soplos y pucanós b. Jaime y Gauthier, que fueron guillotinados el otro dia... buhados... Rusillon penado eterno á gurapas0... buhado.

¿Y yo? ¿y mi madre? ¿y Calabaza? esclamó Nicolás. ¿No nos ha buhado también Brazo Rojo? Ya no cabe duda... porque en vez de meterlo aquí, lo enviaron á la Roquette d. No se atrevieron á encerrarlo con nosotros... luego el perillán olió lo que le esperaba...

¿Y yo? dijo Barbillon ¿no me ha buhado también á Brazo Roio?

'. J'v/JZCL-

¿Y yo? también. dijo un preso joven con voz de tiple y afectada

" Marcharse. b Denunciadores y espías. El cómplice c instigador de un crimen, que lo denuncia después á la autoridad, se llama pucanó o soplo. La acción de denunciar se llama buhar. c Condenado á galeras por toda la vida. d Prisión nuevamente construida cerca del cementerio del Padre Lachaiso, Los presos de esta cárcel son, por 'la mayor parle, jóvenes detenidos por orden de su familia. *

5-2 LOS MISTERIOS l> E PARÍS.

también á rae ha buhado Jobert, después de haberme propuesto

un negocio en la calle de San Marlin.

E.sle último personaje, de voz flauteada, de cara descolorida, gorda > afeminada, y de mirar insidioso y cobarde, estaba vestido de un modo singular : llevaba en la cabeza un pañuelo encarnado que dejaba ver dos mechones de pelo rubio pegado á las sienes; las dos puntas del pañuelo formaban un lazo muy abierto sobre la frente; cenia su cuello una cha- lina de merino blanco sembrada de florones verdes, y cuyas puntas se cruzaban sobre el pecho; y su chaleco de paño color de castaña desapa- recía bajo la estrecha cintura de un pantalón muy ancho de tela escocesa de grandes cuadros de distintos colores.

¡ Qué indignidad ! . . . ¡ Yaya, es preciso ser muy bribón, para ! . . . añadió con voz melindrosa este personaje. Por cuanto vale el mundo no hubiera desconfiado de Jobert.

Ya que le ha denunciado, Jabalote repuso el Esqueleto, que al parecer prolegia singularmente á este preso; y la prueba es que con ese soplón han hecho lo mismo que con Brazo Rojo... tampoco se atrevieron á meterlo aquí, y lo enviaron á la Conserjería... Pues, señor, no hay remedio; es preciso hacer un escarmiento... ya que los cofrades traidores hacen las veces de la policía. Piensan que han salvado la pe- lleja con estar en otra cárcel...

¡ Es verdad ! . . .

Pues, señor, para no volver á los andadas, es menester que los presos miren á todo pucanó como un enemigo mortal. Poco importa que haya buhado á Pedro ó á Juan, aquí ó en otra parte; lo que hay que hacer es caerle encima. Cuando hayamos enfriado á cuatro ó cinco en los patios, los demás echarán sus cuentas antes de meterse á chimullar de los chori a. . .

Tienes razón, Esqueleto dijo Nicolás; entonces es menester empezar por Germán.

No se escapará repuso el preboste. Pero aguardemos á que venga el Cojo Gordo... Cuando haya probado que Germán es un pu- canó, se ejecutará lo mandado... El carnero no volverá á balar, porque le cortaremos la respiración.

¿Y cómo nos compondremos con los celadores? dijo el preso á quien el Esqueleto llamaba Jabalote.

Ya tengo echadas mis cuentas... Picavinagre nos ayudará.

¿Picavinagre? ¡ si es mas cobarde que un pollo !

Y que una pulga también.

Basta de charla, que yo me entiendo y bailo solo... ¿En dónde está?

Ya se habia vuelto del locutorio, pero vinieron á buscarlo para ir á chimullar con el alivio b.

" Denunciar á los ladrones. & Habla con su ahogado.

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EUSTACHE LORSA/

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LA CUEVA DE LOS LEONES. 55

¿Y Germán ? ¿ cslá aun en el locutorio ?

Sí, con aquella chica que viene á verlo.

¡ Luego que venga, atención ! Pero será preciso aguardar á Picavi- nagre, porque nada se puede hacer sin él.

¿Sin Picavinagre?

No...

¿Y apergollaremos á Germán ?

De eso respondo yo.

¿Pero conque, si nos han llevado los cuchillos?

¿Y meterías el gañote entre estas tenazas ? preguntó el Esqueleto abriendo y cerrando sus largos dedos descarnados y duros como el hierro.

¿ Lo ahogarás ?

Me parece...

¿ Y si saben que has sido ?

¿Y qué? ¿Tengo acaso dos cabezas, como las \acas que se enseñan en la feria?

Es verdad. . . nadie va al palo dos veces ; y como estás seguro de ir. . .

Y mas que seguro... el abogado me lo dijo ayer. Me cojieron con las manos en la masa y con el churí en el gañote del mulandó °... y como soy muía de retorno b, ya el alquiler que he de cobrar. Dejaré caer la cabeza en el cesto de Charlot c , para ver si roba á los condenados y si lo llena de serrín en vez del afrecho que nos concede el gobierno...

No hay duda... el guillotinado tiene derecho al salvado... á mi padre puedo certificar que lo robaron dijo Nicolás Marcial con una mueca feroz.

Esta horrenda agudeza hizo reir á carcajadas á los demás presos.

Parecerá espantoso... pero lejos de exagerar, suavizamos el horror de estos coloquios tan comunes en las cárceles.

Sin embargo es necesario, lo repetimos, que se tenga una idea, aun- que inferior á la realidad, de lo que se dice y se hace en estas escuelas horribles de perdición, de cinismo, de robo y de homicidio. Es preciso que se sepa la audacia y el desprecio con que todos los grandes crimi- nales hablan de los castigos mas terribles que puede imponerles la so- ciedad. Entonces acaso se concebirá la urgencia de sustituir á estas penas impotentes y estas reclusiones contagiosas, el único castigo que puede aterrar á los criminales mas perversos y contumaces, como vamos á de- mostrar.

Reian pues á carcajadas los presos del calefactorio.

¡ Rayo de Dios ! esclamó el Esqueleto quien me diera que nos oyesen charlar esos brutos de chines d, que creen que temblamos

a Con el puñal en la ganganla del asesinado. h Rcincidente y preso de nuevo. c Nombre de un antiguo verdugo. d Jueces. ■»

m LOS MISTERIOS DE PARÍS,

cuando nos hablan do su guillotinad Si quieren desengañarse que vayan á la barrera de Saint-Jacques ° el dia de mi beneficio, y verán como en- seño la higa al público y digo al verdugo con mas calma que ahora :

Tío Sansón, cordón, sin compasión b ... Nuevas risas y aplausos...

Lo cierto es que la cosa no dura mas que un soplo... Sansón tira del cordón...

Y se abre la puerta de Perobolero c dijo el Esqueleto sin dejar de fumar en su pipa.

¡ Queah ! ¿y crees que hay Perobolero?

¡ Que tonto ! ¿ nunca oistes una chanza? lo que hay es una cuchilla, una cabeza que se pone debajo, y nada mas.

Ahora que el camino que he de andar y que no he de parar hasta Finibusterre d, lo mismo me importa emprender el viaje hoy que mañana dijo el Esqueleto con feroz exaltación ya quisiera estar allá; solo con pensar en la gente que acudirá para verme, se me hace agua la boca. Habrá por lo menos cuatro ó cinco mil que se estrecharán y se empujarán los unos á los otros, y se alquilarán sillas y balcones como para venina procesión. Y ademas habrá tropa de caballería é infantería, con lo demás de ordenanza : y todo por causa mia, por causa del Es- queleto... No se haria otro tanto por un pucanó, ¿verdad, cantaradas? ¡ Cáspita ! basta esto solo para animar á un hombre y para hacerlo mar- char resueltamente aunque sea mas cobarde que Picavinagre. Cuantos mas ojos lo miran á uno, mas se le hincha la tripa ; y al fin y al cabo no es mas que un momento y se muere valerosamente, y los chines " se quedan con las narices de un palmo , y los chori de la penchicardiaf aprenden á desafiar la muerte.

Es verdad dijo Barbillon, imitando la espantosa fanfarronada del Esqueleto creen que nos amedrentan y que todo se acabó cuando mandan armar la tienda de Simón.

No nos reimos mal de la tienda de Sansón dijo Nicolás; lo mismo que de la cárcel y de las galeras; ¡ con tal que vivamos juntos como amigos, viva la libertad y venga la muerte !

Pero lo que me limaria los dientes dijo el preso de voz flau- teada y melindrosa seria el que nos tuviesen en celdas de dia y de noche ; y he oido decir que á eso vendríamos á parar.

¡ En celdas ! gritó el Esqueleto con una especie de terror. No me hables de eso. ¡ En celdas ! ¡ solo !... Vaya, calla la boca; mas qui- siera que me cortasen las piernas y los brazos que verme solo entre

"Sitio en donde se hacen las ejecuciones. b Sansón es el nombre del verdugo actual. Para comprender el sentido de esta horrible agudeza, es preciso saber que la cuchilla se desliza por dos encajes ó muescas de la guillotina al punto que se mueve por medio de un cordón un resorte que detiene la cuchilla. ''El diablo. d El patíbulo. ''Jueces. f Los ladrones, ó los compañeros ladrones.

LA CUEVA DE LOS LEONES. 55

cuatro paredes. ¡Solo... y sin cofrades de la penchicardia para reír y jaranear! no puede ser. Prefiero mil veces las galeras á la central, por- que en galeras, en lugar de estar uno encerrado, anda al aire libre. ¡ Rayo ! quiero morir cien veces antes que verme encerrado en una celda por un solo año. Ya sabéis que estoy seguro de que me van á cortar el pescuezo; pues bien, si me dijesen : ¿quieres mas bien un año de celda?... tendería el pescuezo sin discurrir, porque eso de estar un año encerrado y solo es imposible... ¡En qué diablos quieren que piense uno cuando está solo?...

¿Y si te metieran por fuerza en una celda?

No estaría mucho tiempo en ella... ya buscaría modo de salir... dijo el Esqueleto.

¿Y si no podias? ¿y si estabas seguro de que no podías salir?

Entonces mataría al primero que se acercase para que me llevasen á la guillotina.

¿Y si en vez de condenar á muerte á los asesinos, los condenasen á una celda por toda la vida?...

El Esqueleto meditó al oír esta reflexión...

En tal caso rié lo que haria... acaso me estrellaría la cabeza contra las paredes, ó me dejaría morir de hambre antes que vivir solo en la celda, ¡ Solo ! ¡ toda mi vida solo, sin esperanza de ver el mundo ! digo que es imposible... y tanto mas para un hombre de mi temple capaz de sangrar á cualquiera por una blanca, y de valde también... Piensan que solo he asesinado á dos personas; pero si los muertos hablas, en se vería de que modo he despachado á cinco, que podrían decir como trabajo.

El bandido se jactaba. Estas farfantonadas sanguinarias son uno de los rasgos mas característicos de los criminales empedernidos.

Hemos oído de la boca del director de una prisión : si los asesinatos de que se jactan estos desdichados fuesen verdaderos, ya hubieran diez- mado la población.

Lo mismo que yo repuso Barbillon piensan que solo he des- pachado al marido de la lechera de la Cité; pero ya tengo servido á otros cuantos con Roberto el alto, que fué al palo el año pasado.

Esto lo digo para haceros ver continuó el Esqueleto que no temo ni al fuego ni al diablo. Pero si me viese en una celda, y conven- cido deque no podia salir... ¡Rayo! entonces me parece que tendría miedo...

¿De qué ? preguntó Nicolás.

De estar solo repuso el preboste.

De modo que si volvieses á empezar el oficio de asesinar y robar, y si en vez de cárceles centrales, galeras y guillotina, hubiese celdas, lendrias miedo de hacer mal.

¡Caramba!... sí... puede ser,., (histórico) repuso el Esqueleto,

56 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

Y decia la verdad.

Nadie puede imaginar el terror indecible que inspira á tales bandidos la sola idea de una soledad absoluta. ¿Y no es por ventura este terror una defensa elocuente de esta pena?

Ademas, la condenación á reclusión celular, tan temida de los crimi- nales, acaso traeria forzosamente consigo la abolición de la pena de muerte.

lié aquí cómo :

Los criminales que pueblan boy las cárceles y los presidios mirarán la aplicación del sistema celular como un suplicio intolerable. Acostum- brados á la perversa animación de la prisión en común, que acabamos de pintar con colores apagados, pues no nos es dado esponer infinitas monstruosidades; estos hombres, viéndose amenazados, encaso de rein- cidencia, con la separación de las personas infames en cuya compañía purgaban alegremente sus crímenes, y con ser encerrados en una celda solos y entregados á la memoria de sus crímenes, estos hombres, deci- mos, se estremecerán con la sola idea de un castigo tan espantoso. Mu- chos preferirán la muerte, y á fin de incurrir en la pena capital, recur- rirán al asesinato ; porque ¡cosa estraña! de diez criminales resueltos á perder la vida, habrá nueve que matarán para que los maten, y uno solo que se suicidará.

Entonces desaparecerá sin duda de nuestros códigos ese vestigio de una legislación bárbara; y para privar á los asesinos del último refugio que esperan hallar en la nada, se abolirá forzosamente la pena de muerte.

¿Pero será la reclusión perpetua celular una expiación ó un castigo bastante formidable para los grandes crímenes, como el parricidio y otros? Se huye de las prisiones mas bien guardadas, ó á lo menos se tiene esperanza de huir; y es necesario privar á los criminales de que hablamos de esta posibilidad y de esta esperanza.

Y de este modo la pena de muerte, que no tiene otro fin que el li- brar á la sociedad de un ser pernicioso; la pena de muerte, que pocas veces deja á los condenados tiempo para arrepentirse, y nunca para re- habilitarse por medio de la expiación; la pena de muerte que sufren unos exánimes y casi sin conocimiento, de la cual se burlan otros con espantosa indiferencia, esta pena será sustituida por un castigo terrible, pero que dará al condenado tiempo para arrepentirse, y sin privar vio- lentamente de la vida á una criatura de Dios...

La ceguedad haria imposible el que huyese el criminal para causar daño á nadie.

La pena de muerte será pues sustituida eficazmente en esto, que es su único objeto;

Porque la sociedad no mala en nombre de la ley del talion ;

LA CUEVA DE LOS LEONES. 57

No mata para atormentar, pues ha elegido el suplicio que cre\ó menos doloroso a.

Mata en nombre de la seguridad...

Y según esto, ¿qué. puede temer de un preso ciego?

Finalmente, esta soledad perpetua, dulcificada por la asistencia de personas caritativas, honradas y piadosas, que se consagrarían á tan hu- mana misión, daria lugar á que el preso rescatase su alma con largos años de remordimientos y contrición.

Un gran tumulto y estrepitosas esclamaciones de alegría, proferidas por los que se paseaban en el patio, interrumpieron la conversación del conciliábulo presidido por el Esqueleto.

Levantóse precipitadamente Nicolás y se asomó á la puerta, para saber la causa de un ruido tan inusitado.

¡ Es el Cojo Gordo ! esclamó Nicolás volviendo á la sala.

¡El Cojo Gordo! gritó el preboste... ¿Y Germán, bajó ya del locutorio?

Todavía no dijo Barbillon.

Que despache pronto, que quiero darle con qué comprar un ataúd nuevo dijo el Esqueleto.

El Cojo Gordo , cuya llegada habia causado la algazara de los presos de la Cueva de los Leones , y cuya denuncia podia ser tan funesta para Ger- mán , era un hombre de estatura mediana, y á pesar de su obesidad y de su cojera parecia ágil y vigoroso.

Su fisonomía bestial, como la mayor parte de las de sus compañeros , se asemejaba á la del perro de presa. Su frente chata y estrecha, sus mejillas descolgadas , sus gruesas mandíbulas de las cuales la inferior tenia una hilera de dientes largos y descomunales que le salian por entre los labios , hacian aun mas notable esta semejanza animal. Llevaba en la cabeza una gorra de alondra, y por los hombros una capa azul con cuello de pieles.

El Cojo Gordo habia entrado en la cárcel acompañado de otro hombre de unos treinta años de edad , cuya cara morena y curtida parecia menos degradada que la de los otros presos, aunque aparentaba el mismo des- caro y resolución que su compañero ; entristecíase á veces su semblante y sonreía con amargura.

El Cojo Gordo se hallaba en su elemento , como suelen decir, y apenas podia responder á las felicitaciones y palabras de bienvenida que todos le dirigian...

° Mi padre, el doclor Juan Jacobo Sui', creia lo contrario. Una serie de observaciones inte- resantes y profundas, que ha publicado sobre esta materia, contribuyen á probar que el pensa- miento sobrevive algunos minutos á la degollación instantánea. Es(a sola probabilidad debe ha- cernos estremecer de espanto.

iv. 8

38 LOS MISTERIOS DE PA1US.

Conque por fin te tenemos aquí , Cojo de los diablos... Ahora no faltará con que reir.

dula iAt- Jipa a.

Solo nos faltabas...

¿Cómo has tardado tanto?

Sin embargo hice todos los posibles para ver á mis amigos, y no tengo yo la culpa de que no me hayan puesto antes á la sombra.

Eso es muy natural, porque nadie se encierra aquí por su gusto; mas una vez encerrado es preciso echar el alma á la espalda.

Tienes la fortuna de que está aquí Picavinagre.

¿También Picavinagre? ¿aquel veterano de Melun? ¡bravo! nos ayudará á pasar el tiempo con sus cuentos, y no le faltarán parroquianos porque ahí entraron ahora dos reclutas.

¿Quiénes son ?

Mientras estuve en la alcaidía para que me afiliasen, trajeron dos penitentes, uno los cuales no conozco; pero el otro que trae un gorro azul de algodón y una blusa parda , me llenó el ojo porque le he visto

LA CUEVA DE LOS LEONES. 59

en alguna parte : si no me engaño en la tasquera del Conejo Blanco... Es un hombre recio...

Oyes , Cojo Gordo , ¿te acuerdas de cuando te aposté en Melun que volverías á caer antes de un año?

Es verdad, y has ganado sin trabajo; porque no se necesita mucho ojo para ver que tengo mas trazas de muía de retorno que de arzobispo. ¿Pero , qué has hecho?

Bailé á la napolitana.

Con el mismo donaire de siempre ¿verdad?

Como siempre... Me hago el chiquito por los caminos; y aunque esta artimaña es común, también son comunes los grullos a , y á no ser por una bellaquería de mi camarada , no estaría á estas horas en el si- tio... Pero no importa : tengo hecho mi plan , y cuando vuelva á empe- zar tomaré mis precauciones.

¡Hola! allí viene Cardillac dijo el Cojo viendo que se dirigía hacia él un hombre pequeño, mal vestido y de una fisonomía baja y traidora que se asemejaba á la del lobo y del zorro. Buenos días , camarada.

¿Qué hay, buena pieza? repuso el preso llamado Cardillac por sobrenombre. No se hablaba mas que de ti : unos decían «vendrá,» otros decían «no vendrá; » vamos, este caballero es como las buenas mozas que se hacen desear...

Por cierto que sí...

Vamos claros repuso Cardillac ¿qué fechoría te trajo por aquí?

Y el Cojo Gordo señaló hacia su compañero, en el cual se fijaron todos los ojos.

¡Ah! es verdad, allí está Pancho dijo Cardillac; ¿quién lo ha- bía de conocer con aquella barba? Conque eres tú, perillán, cuando te creía alcalde de tu pueblo , por lo menos... ¿Querías volverte santo?

Fui un tonto y me costó caro dijo Pancho ; pero á gran peca- do gran misericordia, y pase por una vez. x\hora estoy determinado á ser de la penchicardia hasta la muerte ;... ¡y cuidado con mi salida de la cárcel !

Acabáramos; eso ya tiene otra cara. ¿Pero qué le sucedió á Pancho?

Lo que sucede á todo cumplido que quiere volverse santo, como dices... y no hace mas que llevar su merecido. Cuando salí de Melun te- nia nuevecientos francos y pico de mi masilla...

Es verdad dijo el Cojo Gordo; toda su desgracia le vino de ha- ber guardado los ahorros en vez de gastarlos alegramente cuando salió

Alguaciles ó ci'iados de justicia.

60 LOS MISTERIOS DE PA1US.

de la prisión. Ya veréis lo que Irae consigo el arrepentimiento y si es ó

no tiempo perdido el que uno gasta en volverse honrado.

Me enviaron confinado á Etampes continuó Pancho. Como soy cerrajero , me presenté á un maestro de mi oficio y le dije : soy un pre- sidario cumplido, y como que nadie quiere ocupar á los de mi clase, ahí tenéis nuevecientos francos, dadme trabajo porque quiero trabajar honradamente y el dinero será mi fianza.

Vaya, solo este Pancho es capaz de tales disparates.

Siempre tuvo de esos golpes.

Sí... de caballero... cerrajero.

¡Tunante!...

Ahora veréis como salió del paso.

Ofrecí pues mis ahorros como fianza al maestro cerrajero para que me diese obra, y me dijo : «No soy banquero para tomar dinero á rédi- tos, y no quiero tener en mi tienda un presidario cumplido; voy á las casas para descerrajar las puertas sin llave, y como mi oficio es de con- fianza, si se divulgase que tenia un presidiario en la tienda perdería to- dos mis parroquianos... Buenas noches, vecino.»

Y llevó lo que merecia; ¿no es verdad, Cardillac?

Por cierto que sí...

¡ Qué tonto! añadió el Cojo Gordo dirigiéndose a Pancho con aire paternal en vez de escaparte y venirte á Paris á gastar tu masilla, hasta quedar sin un sueldo para verte en la necesidad de robar... porque el entendimiento apretado discurre que rabia, y nunca tiene uno mejores ideas.

¡Siempre repites la misma cosa! repuso Pancho con impacien- cia;— no hay duda que he sido un majadero en no haber gastado la masilla, porque al fin no puedo aprovecharme de ella. Pero volviendo á mi cuento, como solo habia cuatro cerrajeros en Etampes, y me despi- dió con campanillas el primero á quien habia hablado, todos los demás me dieron también las buenas noches y me quedé tocando tabletas.

Ya veis, amigos, de qué le sirvió. ¡No hay remedio, estamos mar- cados para toda la vida!!!

Hálleme pues en la calle y fui gastando mi masilla por espacio de dos meses dijo Pancho; y como el dinero seiba como el humo, y no venia el trabajo , me determiné á hacer un corte de mangas á la policía y salí de Etampes.

Eso es lo que debiste hacer desde un principio, majadero.

Vine á Paris y encontré trabajo, porque dije simplemente á mi pa- trón que venia de un pueblo de provincia. No tenia mejor obrero que yo. Puse los nuevecientos francos que me quedaban en manos de un agente de negocios , el cual me hizo un pagaré que se negó á pagarme cuando venció el plazo ; de modo que tuve que encargar la cobranza á un alguacil , el cual la verificó en pocos dias, y dejé el dinero en su po-

LA CUEVA DE LOS LEONES. GI

der creyendo que lo tenia seguro para cuando se me ofreciese echar ma- no de él. Entonces fué cuando encontré al Cojo Gordo.

, camaradas, y le armé la zancadilla como vais a ver. Francisco era entonces cerrajero ó fabricante de llaves; y como por aquel tiem- po se me ofreció un negocio , fui y se lo propuse diciéndole que tenia sacados los moldes y que con arreglo á ellos podia ejercitar su habilidad; pero el majadero estaba tan empeñado en no volver á las andadas y ha- cerse el santurrón, que no admitió el partido... En esto, como éramos amigos, determiné hacer su bien á pesar suyo , y escribí una carta sin firma á su patrón y otra á sus compañeros diciéndoles que Pancho era presidario cumplido. El resultado fué que su amo lo puso en la calle y los compañeros le volvieron la espalda.

Púsose á trabajar para otro maestro, y le armé la misma trampa en. que cayó al cabo de ocho dias; y si diez veces hubiera mudado de amo otras tantas lo hubiera denunciado.

No sabia entonces que eras quien me denunciaba, que sino te hubiera dado un mal rato repuso Pancho.

Sí, pero como no soy lerdo por eso te dije que iba á Lonjumeau á ver á mi tio, aunque en realidad no he salido de Paris , y Ledrú me te- nia al corriente de todos tus pasos.

- En una palabra, me echaron de la tienda del último que tuve, como si fuese un apestado. ¡Y luego quieren que uno trabaje y no haga daño á nadie! sin duda para que le pregunten ¿qué has hecho? y no ¿qué haces? Luego que me he visto en la calle me eché á discurrir y dije : por fortuna tengo los ahorros de la prisión y puedo vivir algún tiempo sin trabajo. En esto me voy á la casa del alguacil , pero habia tomado soleta con mi dinero, de modo que me encontré sin un sueldo y sin poder pagar el cuarto en que vivia... No necesito pintar lo desesperado que me puse. Pero en esto se me aperece el Cojo Gordo diciéndome que venia de Lon- jumeau y se aprovechó de mi desesperación... y como no tenia clavo á que agarrarme , viendo que no habia modo de ser honrado y que si vol- vía á las andadas habia de perderme para toda la vida... el bueno del Cojo tanto me porfió...

Que el bueno de Pancho entró al fin por vereda repuso el Cojo Gordo ; tomó valerosamente parte en el negocio que estaba convidan- do... mas por desgracia en el momento que abríamos la boca para cojer el higo, nos cojió á nosotros la policía. ¡ Como ha de ser, amigo! ha sido una desgracia, pero son alcances del oficio.

Si el ladrón del alguacil no me hubiera robado, no estaría ahora en donde estoy... dijo Pancho con furor mal reprimido.

¡Hola! parece que no te gusta vivir con los amigos. ¿Eras acaso mas dichoso cuando te derrengabas á fuerza de trabajo?

A lo menos estaba libre.

Sí, los domingos, y eso cuando el trabajo no apuraba; pero el

C2 LOS MISTERIOS DE PAIUS.

resto de la semana encerrado como un perro y sin seguridad de encontrar obra... Mal sabes la lotería que te ha caido.

me la harás conocer repuso Pancho con amargura.

Pero por otro lado tienes razón para estar triste desde que hemos errado el golpe, que era soberbio, y lo será aun de aquí á dos meses, porque el dueño de la casa vivirá entonces mas descuidado y no habrá mas que entrar y eojer. La casa está llena como un huevo; y como de todos modos saldré condenado por baber huido de la policía, cederé el negocio á un amigo por poco dinero... Los moldes están en poder de mi chaya, de modo que no hay mas que fabricar las llaves, y con las instrucciones que yo diere todo saldrá á pedir de boca. El negocio es de diez mil francos, Pancho, y si no eres tonto puedes hacerte con ellos.

El cómplice de Brazo Rojo meneó la cabeza, cruzó los brazos sobre el pecho y no respondió.

Cardillac asió por el brazo al Cojo Gordo, lo llevó á un rincón del patio y le dijo después de un rato de silencio :

¿Es bueno ese negocio que se te desgració? Y tan bueno ahora como de aquí á dos meses.

¿Puedes probármelo?

¡Ya lo creo!

¿Cuánto quieres?

Cien francos adelantados, y diré la palabra convenida con mi chaya para que te entregue los moldes délas llaves. Ademas, si el negocio sale bien, quiero la quinta parte de la ganancia, que será entregada á mi chaya.

Nada mas justo.

Y como sabré á quien ha entregado los moldes , si no hay cuen- tas claras lo denunciaré, y peor para él...

Y tendrias razón si tal sucediera; pero los de la chanfaina somos gente honrada y contamos los unos con los otros , que sino nohabria ne- gocio posible.

Otra anomalía de estas costumbres horribles. El bandido decia la verdad.

Rara vez sucede el que los ladrones falten á la palabra que se dan para negocios de tal naturaleza. Estas transacciones criminales se verifican generalmente con cierta especie de buena , ó por mejor decir y á fin de no prostituir la palabra, por efecto de la necesidad en que estos bandidos se hallan de cumplir su palabra , pues si faltasen á ella no habria nego- cio posible, como decia el compañero de Brazo Rojo.

Muchos robos se ceden , se compran y se combinan en las cárceles ; lo cual es otra consecuencia detestable de la reclusión en común.

Si es cierto lo que dices continuó Cardillac podremos arreglar- nos los dos. Como no hay pruebas contra , estoy seguro de salir ab- suelto y en libertad luego que vea mi causa el tribunal , que será dentro

LA CUEVA DE LOS LEONES. G3

de veinte dias á mas tardar; y entre volver y mandar hacer las llaves, y dar los demás pasos necesarios , se pasará un mes ó seis semanas á mas lardar...

Justamente para ese tiempo ya vivirán sin cuidado en la casa... Y ademas , no ignoras que los que fueron atacados una vez, no creen que volverán á serlo.

Ya lo sé... venga esa mano....

¿Y tienes con qué pagarme? porque yo quiero una prenda.

Ahí tienes mi último botón , y cuando no haya mas habrá todavía dijo Cardillac arrancando uno de los botones cubiertos de paño de la levita vieja azul que tenia puesta. Rompió en seguida con las uñas el paño del botón é hizo ver al Cojo Gordo que en lugar de horma encerraba una moneda de oro de cuarenta francos.

■Ya ves que podré darte la señal por completo cuando hayamos ar-

reglado el negocio.

Entonces vengan esos cinco dijo el Cojo Gordo alargando la ma- no.— Ya que debes salir pronto de la cárcel y que tienes fondos para trabajar, te pondré en camino de otro negocio que no ofrece ninguna di- ficultad; lo tenemos preparado mi chaya y yo hace dos meses, y no hay mas que llegar y moler. Figúrate una casa aislada en un barrio solo, un

U LOS MISTERIOS DE PARÍS,

piso bajo que da por un lado á una calle desierta y por otro á un jar- din , y dos viejos que no tienen mas alma que dos gallinas. Desde el tiempo de las barricadas tienen una olla llena de oro entre dos vigas de una sala temiendo ser robados. Mi mujer es quien hizo esta operación después de haber echado de la casa á la criada. Pero ya puedes conocer que este negocio es cosa corriente sin daño ni peligro, y que por lo mis- mo te costará mas caro que el otro.

Ya nos arreglaremos los dos. Por lo que voy viendo no has perdido el tiempo desde que saliste de la central.

No lo he aprovechado mal. líe arrebañado por un lado y por el otro hasta mil y quinientos francos ; pero lo mejor y mas limpio fué lo que he cojido á dos mujeres que vivían en el mismo piso que yo en la galería de la Cervecería.

¿En la posada del tio Miguel el encubridor?

Sí.

¿Y tu mujer Josefina!

Mas lista que un perdiguero : como estaba en la casa de los viejos, olfateó la olla de los ojos de buey.

¡ Vaya una mujer astuta !

Por cierto que sí... Y abora que hablamos de astucia , ¿conoces á la Lechuza?

, me habló de ella Nicolás : el Maestro de escuela la maro y des- pués se volvió loco.

Eso fué por haber perdido la vista no por que accidente. ¿Conque entonces quedamos convenidos y no hablaré á nadie mas del negocio?

A nadie, corre por mi cuenta. Esta noche hablaremos.

¿Qué ruido es ese?

El diablo que lo sepa ; ahí están riendo y gritando como locos.

¿Quién es el preboste de esta sala?

El Esqueleto.

¡Vaya un cuero de sapo! Lo he visto en casa de Marcial en la isla del Ravageur, y por cierto que no pasamos mal rato con Josefina y la Bolera.

¿Sabes que Nicolás está aquí?

Ya lo sé; me lo dijo el tio Miguel. El diablo del berrugo se quejó de que Nicolás le había hecho sudar el cristo... y yo espero sacarle también alguna raja. Los encubridores lo tienen de obligación.

Hablábamos del Esqueleto y justamente allí está dijo Cardillac señalando hacia el preboste que estaba á la puerta del calefactorio.

¡Hola! muchacho, ven acá dijo el Esqueleto al Cojo Gordo.

Presente... repuso este dirigiéndose á la sala acompañado de Pancho.

Durante el coloquio del Cojo Gordo, de Pancho y Cardillac, Barbillon babia ido á buscar doce ó quince presos de confianza por orden del pre-

LA CUEVA DE LOS LEONES. 6S

boste ; y estos presos habian entrado uno á uno en la sala para evitar las sospechas del celador.

Los demás se quedaron en el patio, y algunos de ellos, según adver- tencia de Barbillon , hablaban en voz alia y como irritados para llamar la atención del celador y distraerlo de la vigilancia del calefactorio , en don- de se reunieron pronto el Esqueleto, Barbillon, Nicolás, Pancho, Cardi- llac, el Cojo Gordo y unos quince presos mas, esperando con impacien- cia que el preboste tomase la palabra.

Barbillon se colocó cerca de la puerta para observar los movimientos del celador.

El Esqueleto quitó la pipa de la boca, y dijo al Cojo Gordo :

¿Conoces á un muchacho llamado Germán, de ojos azules, pelo castaño y trazas de mandria?

¡Está aquí Germán!... esclamó el Cojo Gordo en cuyo semblante se pintó la sorpresa , el odio y el furor.

¿Luego lo conoces? preguntó el Esqueleto.

¿Si lo conozco? repuso el Cojo Gordo. Camaradas , declaro que es un pucanó... es preciso que nos divirtamos con él...

¡Sí, ! gritaron todos.

Pero vamos claros ¿estás seguro de que ha denunciado á alguno? preguntó Pancho. porque si no fuese cierto, eso de divertirse con un hombre si no lo merece...

Esta observación desagradó al Esqueleto, el cual se inclinó hacia el Cojo Gordo y le dijo en voz baja : ¿Quién es ese?

Un compañero mió.

¿Estás seguro?

; y no tiene mas hiél que una paloma.

Basta : no lo perderé de vista.

Vamos á ver porqué Germán es un pucanó dijo uno de los presos.

Esplícate, Cojo Gordo dijo el Esqueleto sin apartar la vista de Pancho.

Uno de Nantes llamado el Velludo repuso el Cojo Gordo anti- guo presidiario cumplido, ha educado á ese muchacho cuyo nacimiento no se sabe. Luego que tuvo la edad competente lo introdujo en la casa de un banquero de Nantes , con ánimo de servirse del chico para dar un golpe que tenia preparado desde largo tiempo. Habia en la casa del ban- quero unos cien mil francos, y todo estaba preparado , porque el Velludo contaba como consigo mismo con el muchacho, que dormía en el tramo de la casa en donde estaba la caja. El Velludo le descubrió su plan. .. pero Germán no le dijo ni no, y aquella noche salió para Paris.

Levantóse entre los presos un violento murmullo de indignación. . Es un espía... es preciso desollarlo vivo. .

Si es menester yo me encargaré de armarle una jarana... y de des- pacharlo.

iv. y

66 L0S MISTEMOS l>K PARÍS?.

Lo mas acertado me parece darle pasaporte ilimitado.

¡Silencio! ¡atención, los chori! esclamó el Esqueleto con voz imperiosa.

Todos los presos guardaron silencio.

Signe... dijo el preboste á Brazo Rojo; y volvió á poner la pipa en la boca.

Creyendo que Germán babia consentido, y contando con su ayuda, el Velludo y dos amigos suyos intentaron dar el asalto aquella misma noche; mas como el banquero estaba sobre aviso, uno de l«s amigos del Velludo fué sorprendido en el acto de escalar una ventana, y él tuvo la dicha de poder huir y venirse á París, desesperado porque Germán lo había vendido y por no haber podido dar un golpe tan importante. Su- cedió que una vez se encontró con el muchacho, y aunque no pudo ha- cerle nada porque era dia claro, Jo siguió, vio en donde vivia, y una noche el Velludo, yo y Ginesillo le caimos encima. Por desgracia se nos escapó de entre las manos y se mudó de la calle del Templo en donde vivia, sin quédesele entonces le hayamos podido descubrir el bullo; pero una vez que está aquí... pido que...

Nada tienes que pedir dijo el Esqueleto con voz imperiosa. El Cojo Gordo guardó silencio.

Queda á mi cargo la pelleja de Germán... No me llamo en vano Esqueleto... mi sepultura está ya abierta en Clamart, y nada aventuro en trabajar para los chori. Los soplos nos hacen mas daño que la policía : los de la Fuerza los trasladan á la Roquettc, y los de la Roquelíe á la Conserjería; de modo que se creen seguros mudando de cárcel... Pero cuando en cada prisión se haya quitado á un soplón las ganas de comer, no tendrán los demás ganas de soplar. Voy á dar el ejemplo.

Todos los presos se agolparon alrededor del Esqueleto admirados de su resolución . El mismo Rarbillon abandonó su puesto de la puerta y se reunió con el grupo, sin echar de ver que babia e.ntrado en la sala otro preso.

Este último, vestido con una blusa parda y un gorro azul de algodón bordado de estambre encarnado y calado hasta los ojos, se adelantó al oir el nombre de Germán, fué á reunirse con los admiradores del Es- queleto, y aprobó con voces y gestos la determinación del preboste.

¡ Qué campechano es ej tal Esqueleto !... dijo uno.

El diablo en persona no discurre mas que él...

Ese ya es un hombre.

Si todos los chori tuviesen su cholla... juzgarían y sentenciarían á muerte á lodos los soplos...

Y con mucha razón.

Sí, pero nadie se determina...

Sin embargo, es de creer que los soplos no volverán á soplar, viendo que se les da pasaporte. El Esqueleto hace un gran servicio á todos los chori.

LA CUEVA DE LOS LEONES 67

-Seguramente.

Y ademas, como sabe que no se escapará de Finibusterre, nada le importa matar á uno mas ó menos.

Pues á no me gusta eso de matar al muchacho dijo Pancho.

¿Porqué? ¿porqué? dijo el Esqueleto; ¿no hay derecho para matar á un traidor?

Sí, á la verdad, si es un traidor, no debe haber misericordia para él. repuso Pancho después de un rato de silencio.

Estas palabras y la garantía del Cojo Gordo disiparon la desconfianza que Pancho habia inspirado á los demás presos; pero el Esqueleto no depuso su primera suspicacia.

¿Y cómo haremos con el celador, Esqueleto? dijo Nicolás.

Se le llamará la atención por otra parte.

0 se le hará tomar soleta.

Sí...

No.

; Silencio ! ! ! gritó el Esqueleto, y todos callaron.

Atención añadió el preboste ; no se puede dar el golpe mien- tras el celador está en el calefaclorio ó en el patio; y como no tengo cu- chillo, habrá algunos gritos sofocados, porque el pucanó se defenderá...

¿Y entonces... cómo?...

De este modo : Picavinagre ofreció contarnos hoy después de comer su cuento de Gringalele y Tajavivos; y como está lloviendo, entraremos todos en la sala, el soplón se sentará en aquel rincón, que es el sitio que ocupa siempre, y daremos algún dinero á Picavinagre para que empiece su cuento. Como es la hora de comer, y el celador nos verá muy entre- tenidos oyendo la historia de Gringalete y Tajavivos, no desconfiará de nada é ira á dar una vuelta á la cantina. Después que salga del palio ten- dremos un cuarto de hora para despachar al soplón, que ya estará sin resuello cuando vuelva el celador.... Yo me encargo de la operación, y no quiero que nadie me ayude... á otros mas recios que él he puesto de mano.

¿ Y el alguacil que viene á charlar siempre con nosotros á la hora de comer? Si entra en el calefactorio para oir á Picavinagre y ve que matan á Germán, será capaz de gritar y pedir socorro. El alguacil no es de los nuestros, que está en un cuarto separado y es preciso no fiarse de éL

No hay duda dijo el Esqueleto.

¿Hay aquí un alguacil? esclamó Pancho, víctima como hemos dicho del abuso de confianza del alguacil Barrigas. ¿Hay aquí un al- guacil?— repitió. ¿Y cómo se llama?

Barrigas repuso Cardillac.

¡ Es el mismo ! gritó Pancho apretando los puños con furor; es el que me ha robado mi masilla.

08 LOS MISTERIOS DE PA1US.

¿El alguacil? preguntó el preboste.

Sí... setecientos veinte francos que ha cobrado para mí.

¿Lo conoces?... ¿lo has visto? preguntó el Esqueleto.

Demasiado lo conozco, por desgracia mía... A no ser por él no es- taría ahora aquí...

Sonaron mal estas palabras en el oido del Esqueleto : fijó por largo rato Tos ojos bizcos en Pancho, que respondía á algunas preguntas de los demás presos, é inclinándose luego hacia el Cojo Gordo, le dijo en voz baja :

Ese perillán es capaz de decir á los celadores lo que se trata de hacer.

No, respondo de que no dirá nada... lo que hay es que no está muy curtido en el vicio, y acaso le dará por defender á Germán. Será mejor alejarlo del patio.

Basta dijo el Esqueleto; y luego añadió en voz alta ; Oyes, Pancho, ¿No piensas sentarle los costuras al alguacil?

Dejarlo venir... que ya le ajustaré la cuenta.

Entonces prepárate, porque va á venir.

Ya estoy preparado... no se irá sin que lo señale.

- De resultas de la gresca meterán al alguacil en la pistola y á Pan- cho en el calabozo dijo en voz baja el Esqueleto al Cojo Gordo; de ese modo nos libraremos de los dos.

¡ Qué cabeza ! sabes mas que un doctor, Esqueleto dijo el ban- dido con admiración ; y luego añadió en voz alta :

¿Qué os parece?... ¿avisaremos á Picavinagre que nos valdremos de su cuento para distraer al celador, mientras se le aprieta el gañote al soplón ?

No; Picavinagre es muy cobarde, y si llegase á saber algo no con- taría el cuento. Después de dado el golpe que haga lo que quiera.

Oyóse en esto la campana del refectorio.

¡ A jamar a, perros ! dijo el Esqueleto, Picavinagre y Germán van á entrar en el patio. ¡Atención ! me llaman la muerte ambulante, pero el soplón también puede decir que anda muerto.

a Comer.

^•sfaé-Joi-M

CAPITULO V.

EL CONTADOR.

El preso de que hemos hablado , vestido con blusa blanca y gorro de algodón , habia oido con atención y aprobado enérgicamente la conju- ración que amenazaba la vida de Germán. Este hombre de formas atlé- ticas, salió del calefactorio con los demás presos sin haber sido obser- vado, y se confundió con los'diversos grupos que se formaron alrededor de los repartidores de la comida que llevaban la carne cocida en tarteras de cobre y el pan en grandes cestos.

Cada preso recibia un pedazo de carne cocida sin hueso, que habia servido para hacerla sopa de la mañana, y medio pan de calidad supe- rior á la del pan délos soldados".

" Tal es el régimen alimenticio de las cárceles : por la mañana se da cada preso una laza de sopa hecha con medio litro- de caldo. A la comida se les da una tajada de carne sin hueso de peso de un cuarterón, ó una ración de legumbres, habichuela, patatas, ele, etc., y jamas las mismas legumbres dos veces seguidas. No hay duda que los presos tienen derecho, en nombre de la humanidad, á esta comida sana y casi abundante. Pero, lo repetimos, la mayor parle de los obreros mas laboriosos y acomodados no comen carne ni sopa de caldo diez veces al año.

70 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

Los presos que tenían dinero podian comprar vino en la cantina; y los que habian recibido víveres de afuera , como Nicolás , improvisaban un banquete al cual convidaban á los demás. Los convidados del liijo del guillotinado fueron el Esqueleto y Barbillon, y, por consejo de este, Picavinagre para que se dispusiese á referir su cuento.

El jamón , los huevos duros , el queso y el pan blanco debidos á la li- beralidad forzada del tio Miguel , fueron puestos sobre uno de los ban- cos del calefactorio, y el Esqueleto se dispuso á participar del feslin con tal serenidad que nadie diría que estaba para cometer un asesinato. á ver si ba llegado Picavinagre. Mientras no mato á Germán voy á malar el hambre y la sed. No le olvides de decir á Pancho que se eche al pescuezo del alguacil para que la Cueva de los Leones quede libre de los dos.

No tengas cuidado, Esqueleto , que si Pancho no sacude el polvo al alguacil no será por culpa nuestra. Y Nicolás salió del calefactorio.

En aquel mismo instante entró en el palio el alguacil Barrigas fuman- do un cigarro , con las manos metidas en los bolsillos de su grande levita de bayetón, la gorra de candil calada hasta las orejas, y con semblante ri- sueño miró á Nicolás , el cual dirigió también á Pancho una mirada.

Pancho y el Cojo Gordo estaban comiendo sentados en uno de los ban- cos del patio , y como estaban de espaldas el alguacil no habian podido verlo.

Nicolás, cumpliendo la advertencia del Esqueleto, vio de soslayo que Barrigas se dirigia hacia él, y aparentando no mirarlo se acercó á Pancho y al Cojo Gordo.

Buenos dias, amigo dijo el alguacil á Nicolás.

¡ Ah! buenos dias , señor; no os habia visto. ¿Venís á dar el paseo de costumbre?

Sí, y hoy tengo dos razones para darlo, y voy á deciros porqué... Pero antes de nada tomad cigarros : vamos , sin ceremonia... que entre camaradas no debe haberla.

Muchas gracias... ¿Pero cuáles son las dos razones que tenéis hoy para pasearos?

Voy á decíroslas. En primer lugar, como hoy estoy desganado, dije para : esa gente va á comer, y á fuerza de verles dar á las muelas puede ser que me acuda el apetito.

Bien pensado por cierto. Si queréis ver como engullen dos cama- radas dijo Nicolás acercándose poco á poco con el alguacil al banco de Pancho que estaba vuelto de espaldas mirad esos dos tragasapos y se os abrirá el apetito mas que con una copa de ajenjo.

Vamos á ver ese fenómeno dijo el tio Barrigas.

¡ Hola, Cojo Gordo ! gritó Nicolás.

El Cojo gordo y Pancho volvieron al punto la cabeza.

El alguacil se quedó asombrado y con la boca abierta al reconocer al

EL CONTADOR. 71

mismo á quien había robado. Pancho echó el pan y la carne sobre el banco, arrojóse de un sallo al alguacil Barrigas y lo agarró por el pes-

cuezo gritando : ¡Mi dinero!

;Cómo?... ¿qué?... hombre, no me ahoguéis... yo...

¡ Mi dinero !,

Ambo

o

oidme siquiera.. . j Venga mi dinero !... Y aunque me lo des ya no viene á tiempo, porque por causa tuya estoy aquí . . .

Pero... yo... pero...

Si me echan á galeras es por causa tuya... porque si hubiera tenido lo que me robaste, no me hubiera visto en la necesidad de robar y hu- biera vivido honradamente como pensaba vivir... Y á ti puede ser que le dejen libre... ¡ á ti ! ... y que no te hagan nada; pero yo te señalaré de mi mano. ¡Hola! ¡conque gastas joyas, y cadena de oro, y robas á los pobres!... Toma... loma... ¿No le basta? ¡pues toma mas!...

d/jtoc/t -/'o/va*/ __

¡Socorro!... ¡socorro!...

Gritó el alguacil rodando á los pies de Pancho que desahogaba en él su furor.

Los demás presos, indiferentes á esta pelea , formaron círculo alrede-

72 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

dor de los dos combatientes, ó por mejor decir, del tundidor y del tun- dido; porque aturdido y lleno de espanto el tio Barrigas no hacia la menor resistencia, y solo procuraba contener los golpes que sobre él me- nudeaba su adversario.

Felizmente para el alguacil acudió á sus voces el celador y lo libró del furor de Pancho.

Levantóse del suelo el lio Barrigas , pálido y con un ojo contuso , y sin pararse á cojer la gorra de candil que se lehabia caido , gritó, corriendo hacia la puerta : Celador, abrid, abrid... ni un instante mas quiero estar aquí... ¡Socorro! ¡socorro!...

Y vos, por haberos metido con el señor, venid á delante del di- rector— dijo el celador cojiendo á Pancho por el cuello tendréis dos dias de calabozo.

No importa , ya llevó para rascarse un rato dijo Pancho.

¡Cuidado ! le dijo en voz baja el Cojo Gordo fingiendo que le ayu- daba á ajustado la ropa ¡ ni una palabra de lo que se va á hacer con el soplón ! . . .

No tengas cuidado ; puede ser que lo defendiese hallándome pre- sente.. . porque eso de matar á un hombre es algo duro; pero denuncia- ros, nunca.

¡Vamos , vamos pronto! dijo el celador.

Ya estamos libres del alguacil y de Pancho... ahora vamos á entrar en cuentas con el soplón dijo Nicolás.

Al punto de salir Pancho del patio entraban en él Germán y Picavi- nagre. Germán estaba desconocido ; la alegría y la confianza animaban su fisonomía hasta entonces triste y abatida ; llevaba la cabeza erguida y echaba alrededor de miradas de gozo y de satisfacción... porque sabia que era amado... y habia desaparecido para él el horror de la prisión. Picavinagre lo seguía con aire dudoso y desconfiado, y después de ha- ber vacilado por largo rato , tocó levemente el brazo de Germán antes que este se hubiese acercado á los grupos de los presos que lo miraban con odio y socarronería. Estaban seguros de su víctima.

Germán no pudo menos de estremecerse, al sentir el contacto de Pica- vinagre , pues la cara y los andrajos del veterano jugador de manos predisponían muy poco á su favor. Acordándose sin embargo de las amonestaciones de Alegría, é inclinado á la benevolencia por la misma felicidad que sentía, dijo con dulzura á Picavinagre : ¿Qué queréis?

Daros gracias. -¿Por qué?

Por lo que vuestra hermosa amiguita quiere hacer por mi pobre hermana.

No os entiendo...— repuso Germán sorprendido.

Pues me esplicaré... Acabo de encontrar en la alcaidía al celador que estaba de guardia en el locutorio.

EL CONTADOR. 73

¡Ah! sí... hombre de bien, por cierto.

Los carceleros no corresponden ordinariamente á ese nombre de hombre de bien; pero el tio Rusel es una rara escepcion, y lo merece... Hace un momento que me dijo al canal de la oreja : « Amigo Picavina- gre ¿conocéis al señor Germán?» «Sí... el batidero y el burro negro del patio, » le respondí. E interrumpiéndose luego Picavinagre, dijo á Germán : « Perdonad que os haya llamada burro negro... no hagáis ca- so y aguardad el íin de la conversación...

Sí, hablad.

, le respondí, conozco al señor Germán, el burro negro del pa- tio.— Y el vuestro también, Picavinagre, ¿no es verdad? me preguntó el celador con tono severo. Señor celador, soy muy poltrón y poco amigo de cavalgar para tener ninguna especie de caballería negra , n blanca, ni torda, y mucho menos el señor Germán que me parece un muchacho bien intencionado, y á quien no se hace la debida justicia. Tenéis razón, Picavinagre, en tomar el partido de Germán, porque no os quiere mal. ¿A mí, señor celador? ¿cómo lo sabéis? Entendá- monos; no es él precisamente ni sois vos el favorecido; pero le debéis mucha gratitud me respondió el señor Rusel.

A ver... esplicáos un poquito mas dijo Germán sonriendo.

Eso mismo dije yo al celador : «Esplicáos con mas claridad;» y entonces me respondió : «No es el señor Germán sino su hermosa ami- guita quien ha tratado con suma bondad á vuestra hermana; pues ha- biéndola oido contar sus desgracias , habló con ella al salir del locutorio y le ofreció servirla en cuanto pudiese.

¡Pobre Alegría! esclamó Germán enternecido. ¡y no me ha dicho nada !

Entonces tenéis razón en decir que el señor Germán me ha hecho favores— respondí al celador porque su amiguita es como si dijéra- mos él, y mi hermana es como quien dice yo. . . y aun mucho mas que yo. . .

¡ Pobre Alegría ! repitió Germán no lo estraño : ¡ tiene un co- razón tan generoso y compasivo ! . . .

En esto me dijo el celador : « toda la conversación sin darme por entendido. Os lo advierto para que desengañéis el señor Germán en el caso de que le armen alguna zalagarda los demás presos , pues á no hacerlo así os tendré por un bribón consumado , Picavinagre.» «Señor celador, le respondí, es verdad que soy un bribón empezado, pero no soy todavía un bribón consumado... En fin, ya que la visitadora del se- ñor Germán quiere hacer bien á mi hermana , que es una mujer labo- riosa y honrada si las hay , de lo cual me precio y me alabo , haré lo que pueda por el señor Germán , que por desgracia no será mucho...

No importa, haced lo que podáis ; voy á daros una buena noticia para el señor Germán, que acabo de sabev ahora mismo.

¿Qué noticia? preguntó Germán.

iv. 10

74 LOS MISTERIOS DE PARÍS.

Mañana por la mañana habrá una celda vacante , y el celador me lia dicho que os avisase.

¿ De veras? ¿será posible ?... esclamó Germán. Tenia razón el celador; es la mayor noticia que podíais darme.

Lo creo ; y no es por alabaros, pero no debéis eslar entre gente como nosotros, señor Germán... Interrumpióse al decir esto Picavinagre y bajándose como para cojer alguna casa, dijo rápidamente y en voz ba- ja : Aquellos presos nos están mirando, señor Germán , asombrados de vernos juntos... adiós... andad con cuidado... Si os arman una dis- puta no os deis por entendido, porque solo aguardan un motivo para haceros daño. Barbillon es quien debe meleros en jarana... ¡cuidado con él! yo trataré de quitárselo de la cabeza. Y Picavinagre se ende- rezó como si hubiese hallado lo que habia buscado por un momento.

Gracias, amigo mió... seré prudente dijo con presteza Germán separándose de su compañero.

Como Picavinagre solo estaba enterado de la conspiración de aquella mañana , que consistia en provocar una disputa en la cual debia ser mal tratado Germán, para obligar de este modo al director á trasladarlo áotro patio, no solo ignoraba el asesinato proyectado por el Esqueleto, sino también el que se contaba con su cuento de Gringalete y Tajavivos para distraer la vigilancia del celador.

Llégate acá, vagamundo... dijo ¡Nicolás á Picavinagre saliéndole al encuentro ; deja tu ración de carne y ven á comer con nosotros, que te convido.

¿A dónde? ¿al Canastillo Florido? ¿á la Fonda de los Leones?

No, majadero; al calefactorio... la mesa está puesta sobre un banco. Tenemos jamón, huevos y queso, y soy yo quien hace el gasto.

No tengo inconveniente... pero es una lástima perder mi ración, y aun mayor lástima que mi hermana no se aproveche de ella. Pocas veces ven la carne ni ella ni sus hijos, á no ser en las carnicerías.

Vamos, vamos pronto, que el Esqueleto se impacienta, y es capaz de engullírselo todo con Barbillon.

Nicolás y Picavinagre entraron en el calefactorio; el Esqueleto estaba á horcajadas en la punta del banco sobre el cual se hallaban los víveres de Nicolás, y juraba y maldecía por la tardanza del escamolador.

¡ Por fin tías llegado, cara de epidemia, sarnoso ! dijo el bandido al verlo ; - ¿ qué estuviste haciendo ?

Estuvo hablando con Germán dijo iNicolas despedazando el ja- món.

¡Hola ! ¿conque hablabas con Germán? dijo el Esqueleto cla- vando la vista en Picavinagre sin dejar de comer á dos carrillos.

respondió el escamotado!". Y por cierto que el tal mocito no es de los que inventaron los sacabotas ni los huevos duros (y hago esta comparación porque no hay legumbre que mas me guste). ¡Qué

EL CONTADOR. 73

borrico ! ¡ qué papanatas ! Sin duda estaba lelo cuando dije que era un espía, porque no sirve para maldita la cosa.

¿Sí... de veras? dijo el Esqueleto dando nna mirada rápida y significativa á Nicolás y á Barbillon.

Tan cierto como este jamón es jamón. ¿Cómo diablos querriais que nos husmease, si anda siempre solo, si no habla con nadie, si nadie ha- bla con él, y se aparta de nosotros como si tuviésemos el cólera morbo? Si la policía no tiene mejores espías, ya puede echarse á dormir. Pero de todos modos luego nos dejará, porque va á tomar un cuarto.

¿Germán? preguntó el Esqueleto, ¿y cuando?

Mañana por la mañana habrá una celda vacante.

Ya ves que es preciso matarlo sobre la marcha, porque mañana ya no podríamos... Hoy no tenemos mas tiempo que hasta las cuatro, y han dado ya las tres dijo en voz baja el Esqueleto á Nicolás en tanto que Picavinagre hablaba con Barbillon.

No importa añadió en voz alta Nicolás fingiendo responder á una observación del Esqueleto Germán tiene trazas de despreciarnos.

Al contrario, camaradas repuso Picavinagre lo traéis asom- brado al pobre muchacho, y cotí respecto á vosotros se tiene por la ul- tima palabra del credo. ¿ Queréis saber lo que me decia hace un rato?

; á ver...

Me dijo : « Qué dichoso sois, Picavinagre, en hablar con el famoso Esqueleto de compañero á compañero (y os llamó famoso); tengo unas ganas de hablarle que me muero, pero me parece tan respetable... tan respetable, que aunque viese al señor prefecto de policía en cuerpo y alma y de uniforme completo, no me quedaria mas entubajado. »

¿Conque te dijo eso? repuso el Esqueleto fingiendo creerla ad- miración que causaba á Germán.

Tan cierto como eres el bandido mas temible del mundo...

Entonces es otra cosa dijo el Esqueleto. Ya lo miro con otros ojos; y Barbillon, que tenia ganas de disputar con él, será mejor que lo deje por ahora. .

Sí, mejor será repuso Picavinagre, persuadido deque habia conjurado el peligro que amenazaba á Germán. Mejor será, porque el pobre muchacho es ni mas ni menos como yo : incapaz de disputar con nadie, y sin mas valor que una gallina.

r- Lo siento repuso el Esqueleto : contábamos con esa jarana para divertirnos después de comer, y nos va á parecer largo el tiempo.

Es verdad ; ¿ qué vamos á hacer esta tarde ? dijo ¡Nicolás.

Que cuente Picavinagre la historia que tiene ofrecida, y no me meteré con Germán dijo Barbillon.

Esa es una condición repuso el escamolador; pero hay otra, y sin las dos no oiréis mi cuento.

'¿Y cual es la otra condición?

76 LOS MISTERIOS DE PA.UIS.

La otra es que los señores Capitalistas de que se compone esta so- ciedad— repuso Picavinagre me harán el honor de adelantarme veinte sueldos... ¡ Veinte sueldos, señores ! por oir al famoso Picavinagre, que ha tenido el honor de trabajar delante de los engibaoresj chori mas insignes de Francia y Navarra, y que es esperado con impaciencia en Brest y Tolón , para donde va á salir inmediatamente por orden del go- hierno... ¡Veinte sueldos, caballeros, veinte sueldos!

Bueno, se te darán los veintes sueldos cuando hayas acabado el cuento.

¿Después?... No, antes repuso Picavinagre.

¿Crees que somos capaces de negarte los veinte sueldos? dijo el Esqueleto sobrecojido.

De ninguna manera respondió Picavinagre; mi desconfianza honra mucho álos chori, y por consideración á su bolsillo he pedido los veinte sueldos adelantados.

¿De veras?

Sin duda, caballeros; porque después de contado el cuento que- darla el respetable público tan contento y satisfecho, que me obligarían á tomar, no ya veinte sueldos, sino veinte francos, y aun cien francos... Y como conozco mi genio encogido, acaso tendría la debilidad de aceptar. Ya veis que por economía será mejor que me deis veinte sueldos adelan- tados.

¡ Oh! en cuanto á labia nadie te gana.

Como no tengo mas bienes que mi lengua, no es estraño que me sirva de ella... Y sobre todo mi hermana y mis sobrinos no se hallan en estado de atar los perros con longaniza, y veinte sueldos nunca están por demás en la casa de un pobre.

¿Y porqué no garfiña tu hermana, y sus cachorros también, si tienen ya edad para eso? dijo Nicolás.

No me hables de eso... mi hermana me aflige y me deshonra; y como soy de tan buen genio...

¡ Y cómo eres tan tonto !... porque al fin la das consejos...

Es verdad, le aconsejo que no pierda el vicio de ser honrada... por- que la verdad sea dicha, pero tampoco sirve para otra cosa, y lo siento en el alma. Mudemos de conversación : ¿Conque está convenido que contaré mi famosa historia de Gringalete y Tajavivos, y que me daréis veinte sueldos, y que Barbillon no se meterá con el tonto de Germán?

Te se darán los veinte sueldos, y Barbillon no se enredará con el tonto de Germán dijo el Esqueleto.

Entonces oido alerta, que vais á oir maravillas. Ahí vienen los parroquianos : la lluvia nos ahorró el trabajo de ir á buscarlos al patio.

En efecto, empezaba á llover, y los presos se refugiaron en el calefac- torio acompañados de un celador.

Hemos dicho ya que esta pieza era una gran sala embaldosada á la

EL CONTADOR. 77

cual daban luz tres ventanas que decian al patio. En medio de la sala estaba la estufa á cuya inmediación se bailaban el Esqueleto, Barbillon, Nicolás y Picavinagre, y á una señal del preboste se unió con este grupo el Cojo Gordo.

Germán fué uno de los últimos que entraron, y absorto en pensa- mientos deliciosos se sentó junto á la última ventana de la sala, sitio que acostumbraba ocupar y que nadie le disputaba, pues estaba dema- siado lejos de la estufa á cuyo alrededor se juntaban los presos.

Hemos dicbo también que unos quince presos se hallaban enterados de la traición que se atribuia á Germán y del feroz castigo que se le iba á imponer; pero este proyecto divulgado al momento por la cárcel, tuvo desde luego tantos partidarios como presos, considerando aquellos mise- rables con ciega crueldad el horrible asesinato como una venganza legí- tima, y no viendo en él mas que una garantía segura contra las futuras denuncias de los soplones.

Germán, el celador y Picavinagre eran los únicos que ignoraban lo que iba á suceder.

La atención general se había fijado en el verdugo, en la víctima y en Picavinagre, el cual iba á privar inocentemente á Germán del único re- curso que podia prestarle; pues era casi inevitable que el celador, vien- do á los presos distraídos con el cuento de Picavinagre, creyese inútil su vigilancia y aprovechase aquel momento para tomar algún descanso.

En efecto, luego que hubieron entrado todos los presos, el Esqueleto dijo al celador :

¡ Hola, padre guardián ! Picavinagre nos va á dar un buen rato con su cuento de Gringalele y Tajavivos. Hace un tiempo de todos los diablos, y vamos á aguardar tranquilamente la hora en que cada mo- chuelo se irá á su nido.

Lo cierto es que cuando toma la palabra no hacéis de las vuestras, ni es menester teneros de ojo.

No hay duda repuso el Esqueleto, pero Picavinagre pide muy caro por su cuento... quiere nada menos que veinte sueldos.

Es verdad, la friolera de veinte sueldos, que es como regalado dijo Picavinagre. Sí, señores, regalado; porque solo el que tenga la faltriquera en ayunas puede privarse de oir las aventuras del pobre Grin- galele, del terrible Tajavivos y del malvado Carachata... historia que al oiría se le parte á uno el corazón y se le erizan los pelos de la cabeza. ¿ Y quién, señores, quién por la friolera de un sueldo, ó, si os agrada mas contar por kilómetros, por la friolera de cinco céntimos, no querrá que se le parta el corazón y que se le ericen los cabellos?...

¿Yo pongo dos sueldos dijo el Esqueleto ; y los echó á los pies de Picavinagre. ¡ Vamos á ver !... no se diga que los c/¡orí son cicateros cuando se trata de una diversión como esta añadió mirando á sus cómplices con ademan significativo.

78 LOS MISTEIUOS PARÍS.

Cayeron algunos sueldos á los pies de l'icavinagre, el cual se acordaba de su hermana al hacerla colecta.

Ocho, nueve, diez, once, doce, ¡ Irece ! esclamó recojiendo el dinero. Vamos, señores ricachones, banqueros y capitalistas, un es- fuerzo mas; el número de trece es número desgraciado y fatal... Fallan solamente siete sueldos... la bagatela de siete sueldos. No se diga, ca- balleros, que los chori de la Cueva de los Leones no pueden juntar siete sueldos mas... siete miserables sueldos... Cualquiera pensaría que esta- bais aquí injustamente, ó que habíais tenido mano desgraciada.

La voz penetrante de Picavinagre había sacado á Germán de su dis- tracción; y así por seguir el consejo de Alegría haciéndose algo popular, como por dar una limosna al desdichado que le había manifestado de- seos de serle útil, se aproximó y echó una pieza de diez sueldos á los pies del narrador, el cual esclamó enseñando á la muchedumbre el generoso oyente :

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i Diez sueldos, señores! ya lo veis... apenas he hablado de capi- talistas, cuando se nos presenta un caballero que se porta como un potentado, como un embajador, solo por hacer honor á la compañía. A

EL CONTADO!*. 79

elle deberéis la mayor parte de Gringalete y Tajavivos, y le viviréis agradecidos. Con respecto á los tres sueldos de mas que representa su moneda, me comprometo á merecerlos imitando la'voz de los personajes de la historia en vez de hablar lisa y llanamente como el vulgo; mejora incalculable que deberéis á ese rico capitalista, á quien debéis adorar.

Vamos, basta de charla y empieza el cuento dijo el Esqueleto.

Caballeros dijo Picavinagre con arreglo á méritos de justicia, el capitalista que ha dado los diez sueldos debe ocupar el mejor sitio entre los espectadores, escepto el preboste que será siempre el primero.

Esta proposición era tan conforme con el proyecto del Esqueleto, que respondió :

Sin duda... debe ocupar el mejor lugar después del mió. Y el bandido dio á los presos otra mirada de inteligencia.

Sí, sí; que se acerque esclamaron todos.

Que se ponga en el primer bauco.

Ya lo veis, caballerito; la respetable compañía reconoce vuestro derecho al principal asiento, en recompensa de vuestra liberalidad dijo Picavinagre á Germán.

Creyendo que su liberalidad habia predispuesto realmente en su favor el ánimo de sus odiosos compañeros, y resuelto á seguir el consejo de Alegría, dejó Germán su sitio predilecto y se acercó al narrador, aunque con harta repugnancia.

Picavinagre, ayudado por Barbillon y Nicolás, colocó alredor de la estufa los cuatro ó cinco bancos de la sala, y dijo con tono enfático :

¡Aquí están los palcos principales!... cada cual en su lugar... primero el capitalista... Ahora siéntense los que han pagado añadió con buen humor Picavinagre, creyendo firmamente que Germán no tenia que temer ningún peligro; y luego dijo: Y los que no han pagado que se sienten en el suelo ó que se mantengan en pié, como mejor les acomode.

Resumamos la disposición material de esta escena :

Picavinagre estaba en pié junto á la estufa, y se disponia á empezar su cuento.

El Esqueleto estaba también en pié inmediato á él, sin perder de vista á Germán, y dispuesto á arrojarse sobre él al punto que saliese de la sala el celador.

A alguna distancia de Germán se hallaban Nicolás, Barbillon, Cardi- llac y otros presos que ocupaban los últimos bancos, y entre los cuales se veia el hombre de gorro azul de algodón y blusa parda.

La mayor parte de los presos, reunidos en diversos grupos, unos sen- tados en §1 suelo y otros arrimados de espaldas á la pared, componia el segundo plan de este cuadro, iluminado á la Rembrandt por las tres ven- tanas laterales, que cubrían de viva luz y profundas sombras las facciones rudas y siniestras de los espectadores.

80 LOS M'FSTERIOS DE PARÍS.

El celador, que ignorando la diabólica conjuración debia dar la señal para el asesinato de Germán al momento de salir del calelactorio, estaba ¡unto á la puerta entreabierta.

¿Están lodos? preguntó Picavinagre al Esqueleto.

¡ Silencio los chorí ! dijo este volviéndose de medio lado; y di- rigiéndose luego á Picavinagre, añadió : Ya estamos; empieza el cuento.

Y todo quedó en profundo silencio.

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CAPITULO VI.

GUINGALETE Y TAJAVIYOS.

Antes de empezar la narración ele Picavinagre recordaremos al lector que la mayor parte de los presos, por un contraste singular y á pesar de su cínica perversidad, prefieren casi siempre los cuentos y leyendas sen- cillos , ó por mejor decir pueriles, en los cuales, por una fatalidad inexorable , se ve al oprimido vengado de su tirano , después de mil pruebas y padecimientos sin número.

Lejos estamos de establecer la menor analogía entre estos seres cor- rompidos y la clase honrada y pobre; ¿pero quién ignora los aplausos frenéticos con que el pueblo acoje en los teatros del baluarte la salvación de las víctimas, y la exaltación con que maldice á los malvados y traido- res? Se miran generalmente con burla y desprecio estas demostraciones de simpatía á todo lo que es bueno, débil y desgraciado; pero á nues- tro modo de ver no hay una razón para burlarse, pues nada hallamos mas honroso para la humanidad que estos sentimientos de la muche- dumbre.

¿No es evidente que este instinto saludable podria convertirse en un principio fijo en la mente de los desgraciados, cuya ignorancia y pobreza los espone continuamente á la seducción del mal? ¿Por qué no inspirará lisonjeras esperanzas un pueblo que tan invariablemente manifiesta su buen sentido moral... un pueblo que , á pesar del prestigio del arte , no permi liria que el desenlace de un drama consistiese en el triunfo del crimen y el suplicio del justo?

Este hecho despreciado y escarnecido nos parece muy digno de aten- ción por la tendencia que manifiesta, la cual se descubre á veces en los seres mas corrompidos , cuando se hallan tranquilos y libres de las insti- gaciones y necesidades que los conducen al crimen.

En una palabra , puesto que las personas endurecidas en el crimen se conmueven y sienten á veces una viva simpatía al escuchar la espresion de sentimientos elevados, ¿no debemos pensar que todos los hombres aman naturalmente mas ó menos lo hermoso , lo bueno y lo justo, pero que la miseria , la degradación y el embrutecimiento animan y destruyen este instinto divino, y son la causa principal de la depravación humana?

¿No es acaso evidente que generalmente nadie se entrega la maldad sino impelido de la desgracia , y que el salvar á un hombre de las terri- iv. 1 1

82 LOS MISTERIOS DE PAIUS.

bles tentaciones tic la necesidad y la miseria mejorando su condición

material, equivale á hacerle practicable la virtud de que está dolado?

Esperamos que el efecto causado por la narración de Picavinagre, de- mostrará, ó mas bien espondrá algunas de las ideas que acabamos de emitir.

Picavinagre dio principio á su cuento en estos términos, escuchándolo iodo el auditorio en profundo silencio :

« No hace ya poco tiempo que sucedió lo que voy á contar al respeta- ble auditorio. Aun no habia desaparecido lo que se llama Pequeña Polo- nia. ¿Sabe ó no sabe el respetable auditorio lo que se llamaba la Pequeña Polonia?

dijo el preso de gorro azul y blusa parda. Eran unas casu- chas que habia hacia las calles de Rocher y Pépmiére.

Eso es repuso Picavinagre y el barrio de la Cité, á pesar de que no se compone de palacios, seria como quien dice las calles de la Paz ó de llivoli , al lado de la Pequeña Polonia : ¡qué conejera, santo Dios ! Por lo demás no era mal sitio para los chori; no habia calles sino callejones; ni habia casas sino casuchos; ni habia empedrado sino una alfombra de lodo y estiércol, por cuya razón y motivo no incomodaria á nadie el ruido de los coches, si coches anduviesen por allí; pero ni uno solo pasaba en todo el año de la mañana á la noche, y sobre todo de la noche á la mañana; lo que se oía sin cesar eran los gritos de : ¡La guardia! ¡socorro! ¡asesinos! ¡ladrones! pero la guardia no se incomo- daba; y cuantos mas desbaldados y desangrados habia en la Pequeña Po- lonia, tanta menos gente habia que prender. Parecía un hormiguero el dichoso barrio , y aunque no vivian en él joyeros , plateros ni banqueros, abundaban los organillos, y los payasos, y los escamotadores y hombres que enseñaban fieras por el dinero. Entre estos habia uno, llamado Taja- vivos, porque era muy malo , y sobre todo malo para los niños. Llamá- banle Tajavivos porque decían que de un solo hachazo habia cortado de medio y medio en dos partes iguales á un chiquillo saboyano. »

Al llegar aquí de su cuento Picavinagre , dio las tres y cuarto el reloj de la cárcel. Como los presos se retiraban á las cuatro á los dormitorios, el Esqueleto debía consumar su crimen antes de aquella hora.

¡ Rayo ! el celador no se marcha dijo en voz baja el Cojo Gordo.

Ya se marchará cuando Picavinagre entre en materia. Picavinagre continuó su historia :

« Nadie sabia de dónde habia venido Tajavivos ; unos decían que era italiano, otros bohemio, otros turco, otros africano, y las beatas de- cían que era mágico; pero aunque un mágico en estos tiempos parezca una cosa estraña , yo me inclino á la opinión de las beatas. Lo que mas lo hacia creer era el que llevaba siempre consigo un mico vermejo, lla- mado Carachata , tan taimado y maligno que no parecía sino que tenia

GIUNGALETE Y TAJAVIVOS. 83

el diablo en el cuerpo. Luego os hablaré de Carachata... Primero diré como era Tajavivos : su color era como el de las botas por el revés , te- nia el pelo vermejo como su mico, y los ojos verdes, y lo que mas motivo daba para creer como las beatas que era mágico , era el que tenia la len- gua negra. »

¿La lengua negra? esclamó Barbillon.

¡ Negra como la tinta! repuso Picavinagre.

¿Y porqué?

Porque probablemente su madre babia hablado de algún negro es- tando embarazada repuso Picavinagre con modesta seguridad. A esta calidad reunía Tajavivos el oficio de tener no cuantas tortugas, micos, puercos de Indias, ratones blancos, zorros y marmotas, cuyo número correspondía á un número igual de chiquillos saboyanos, ó de niños abandonados. Todas las mañanas daba á cada uno un animal y un pedazo de pan negro , y los echaba á la calle para que fuesen á pedir

el ockavito por ver bailar la Catalina. A los que por la noche no le lleva- ban quince sueldos por lo menos, les sacudía la pavana , pero tan recia

84 LOS MISTERIOS DE I'AIUS.

y desalmadamente que en los primeros tiempos se oían los gritos de los

muchachos de un estremo al otro de la Pequeña Polonia.

« Habéis de saher también que había en la Pequeña Polonia un hom- bre llamado el deán, porque era el mas anciano de aquella especie de barrio , y porque ademas era como quien dice el preboste y el juez de paz , ó por mejor decir de guerra, porque los que tenian alguna disputa ó cuenta que ajüstar iban al palio de su casa (era tabernero y figonero ) para sacudirse el polvo delante de él, cuando no tenian otro modo de entenderse y arreglarse. Aunque viejo ya, el deán era fuerte como un Hércules y muy temido ; todos juraban por su nombre en la Pequeña Po- lonia , y cuando él decia : está bien, todo el mundo dticia : está muy bien ; y cuando decia : muy mal , todos decian : muy mal. Era hombre de buenas intenciones, pero terrible; y cuando por ejemplo alguno de mas fuerza que otro traía á mal traer al que menos podía , ya se podía guardar del deán... Como era vecino de Tajavivos, habia oido al princi- pio como gritaban los muchachos cuando el hombre de los animales los ponia de vuelta y media, pero le tenia dicho que si volvía á oir gritar los niños le haría gritar también á él, y que como era mas duro que ellos las llevaría también mas fuertes. »

¡ Viva el deán !... me gusta el deán dijo el preso de gorro azul. Y á también añadió el celador acercándose al grupo.

El Esqueleto no pudo contener un movimiento de ira y de impaciencia.

Picavinagre continuó de este modo :

« Desde que el decano habia amenazado á Tajavivos, no se oian de noche las voces de los muchachos en la Pequeña Polonia ; mas no por eso padecían menos los pobrecillos , pues si no se atrevian á gritar cuando su amo les pegaba, era por temor de que les pagase mas; y ni si- quiera se les pasaba por la cabeza el ir á quejarse al deán.

« En virtud de los quince sueldos que cada muchacho le traía por la noche , Tajavivos los alojaba, mantenia y vestía á todos.

« La cena era un bocado de pan como por la mañana , y ahí está todo el alimento que les daba; por lo que toca á vestirlos no les daba nunca vestido ninguno, y llegada la noche los encerraba con los animales en un desván, al cual subían poruña escala y por una trapa, y dormían jun- tos sobre un poco de paja. Luego que estaban dentro todos los mucha- chos y todos los animales, quitaba la escala y cerraba la trapa con llave.

» Ya podéis imaginar el ruido que harían los micos, los puercos de Indias , los zorros, los ratones , las tortugas , las marmotas y los mucha- chos encerrados sin luz en un desván tan grande como una nuez. Taja- vivos dormía en un cuarto debajo del desván, y tenia el mico grande Ca- rachata atado al pié de la cama. Cuando sentía demasiado ruido en el des- ván, subia por la escala, abria la trapa y descargaba sin ver latigazos á diestro y siniestro.

« Como tenia siempre unos quince muchachos, y algunos de ellos,

GRINGALETE Y TAJAV1V0S. 8S

pobrecillos , le redituaban hasta veinte sueldos diarios algunas veces , le quedaban á Tajavivos s dedulis aspendris, hasta unos cuatro ó cinco francos, con los cuales se emborrachaba ; porque habéis de saber que era el borracho mas grande del mundo , y regularmente se ponia como una uba una vez al